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Tribuna Abierta

Una perspectiva inclusiva de las víctimas

Etikarte, por patxi meabe, pako etxebeste, arturo garcía, ramón balenziaga - Sábado, 1 de Octubre de 2011 - Actualizado a las 05:25h

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HABLAR o escribir sobre las víctimas sigue siendo todavía hoy, cuando las expectativas acerca de la pacificación parecen bastante fundadas, un tema delicado y hasta un tanto radiactivo. Aun así, todos sabemos que es una asignatura obligatoria de cara a una convivencia reconciliada. Después de un conflicto violento y destructivo, de varias décadas, la reconciliación se hace un objetivo inexcusable. Si ésta no contara con las víctimas, no las reconociera, no tratara de reparar en lo posible las pérdidas que han sufrido, sería deficitaria e inhumana. No habrá verdadera reconciliación sin un tratamiento sereno, razonable e inclusivo del sufrimiento de todas las víctimas.

Ante esta realidad, lo primero que debemos hacer es ponernos de acuerdo sobre lo que queremos significar cuando hablamos de las víctimas. Hemos de evitar incurrir en una consideración indiferenciada de todas ellas, ya que la tipología de las víctimas es distinta según la autoría de quienes las ocasionaron: los atentados terroristas de ETA, la actuación represiva de las Fuerzas de Seguridad o la guerra sucia de grupos como el GAL; o las pérdidas sufridas: algunas pérdidas irreparables, incluida la vida, otras que, aún conservándola, acarrearon severas disfunciones físicas y psicológicas, o los efectos provocados en la vida familiar o sociolaboral: algunas familias quedaron seriamente afectadas, mientras que otras pudieron reaccionar eficazmente. Algunas víctimas se han visto obligadas a abandonar sus domicilios o su futuro laboral ha quedado irremediablemente alterado. Tampoco el reconocimiento y los apoyos recibidos han sido iguales: algunas han recibido homenajes y apoyos de todo tipo y otras han sido relegadas al olvido. No se puede considerar de forma indiferenciada el variado y complejo mundo de las víctimas.

Por otra parte, se debe evitar tener un concepto selectivo de las víctimas, derivado de la ideología u opción política particular que cada uno pueda tener. Ello nos llevaría a reducir la denominación de víctimas a una parte solamente del conjunto de todas ellas: aquéllas que compartieran la propia opción u orientación ideológica y política. Haciéndonos exclusivamente sensibles ante la problemática y el sufrimiento de los míos o de las víctimas cercanas a mi mundo, e insensibles ante el sufrimiento de los otros. Algo que también ha sucedido. Diferenciar no equivale a excluir. En una visión inclusiva de la realidad de las víctimas, han de considerarse éstas como aquellos seres humanos que han tenido la experiencia personal o familiar de un sufrimiento injusto, hondo, grave e incluso irreversible, provocado por la violencia de la confrontación político social que hemos venido padeciendo, más allá del signo u origen de esta violencia.

Después de un conflicto violento de varias décadas, la reconciliación se hace un objetivo inexcusable

Las víctimas, y también la sociedad, tienen derecho a la verdad y, en su caso, a la revisión crítica del pasado

No es pues la justicia de la causa defendida la que hace las víctimas, sino la injusticia del sufrimiento y el daño producidos. Ello obliga a abordar el tema de las víctimas teniendo presente, en su totalidad, el amplio y variado mapa del sufrimiento injusto originado por el conflicto violento que ha vivido nuestro pueblo en éste su último medio siglo. Los costos humanos, familiares, sociales y económicos que ha generado esa violencia adquieren, desgraciadamente, unas dimensiones muy considerables. Son muchas las víctimas, y todas ellas deben ser atendidas con un adecuado y proporcionado sentido de justicia y solidaridad. Un posicionamiento de esta naturaleza no equivale a defender la equiparación de todas las víctimas y de sus injustos agresores. Mucho menos pretende la impunidad de una responsabilidad difuminada en una causa colectiva. Se trata simplemente de incluir y apreciar el sufrimiento de todas las víctimas y las responsabilidades de los agentes de las injusticias que lo originaron.

Se recurre a las ideas de verdad, justicia y reparación para expresar la deuda social con las víctimas. Ahora se insiste también en las garantías de no repetición de los hechos violentos acaecidos y padecidos. Las víctimas, y también la sociedad, tienen derecho a la verdad y, en su caso, a la revisión crítica del pasado; al esclarecimiento y reconocimiento del mal y del sufrimiento padecidos; al amparo del derecho y la justicia para sus justas causas y demandas; a la reparación, en lo posible, de los daños sufridos, tanto materiales o económicos, psicológicos o sociales.

También la propia víctima está llamada a realizar una costosa re-elaboración de su vida personal y familiar, de su historia y su futuro, tratando de dotarles de un nuevo sentido, con sus resortes personales y con los apoyos próximos y sociales necesarios. Un proceso y una tarea ejemplarizantes nada fáciles, que requerirán tiempo, hacer frente a los sentimientos contradictorios que en ella irán surgiendo, superar el espontáneo espíritu de venganza hacia los culpables, atemperando el odio y resentimiento, para poder seguir viviendo de forma positiva.

Este proceso restaurador puede verse alterado o dificultado por una utilización política interesada de su situación y su sufrimiento, y por la influencia y presión ejercidas por colectivos y asociaciones que potencian el victimismo y una focalización y manipulación recurrente en acontecimientos dolorosos del pasado. Lo que las víctimas deben esperar de parte de todos debería ser una serena comprensión y empatía de su situación, gestos de cercanía y reconocimiento, muestras de respeto y solidaridad que ayuden a todos a hacer realidad una reconciliación social difícil pero necesaria para una convivencia más pacificada.

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