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Tribuna Abierta

Aventura en el parque

por julio erdín elizaga, Escritor - Viernes, 30 de Septiembre de 2011 - Actualizado a las 05:28h

SUPONE todo un paradigma, un marco para el modo de obrar, en el interior de nuestra sociedad. El paraíso planificado por la regla neoliberal de la no intervención no podía ser otra cosa que una aventura controlada. La crisis actual es fruto de su descontrol en el interior del parque bursátil o en el más específicamente temático de la especie zoológica humana en que es erigido el globo terráqueo. Tal vez el parque del que nos habla Hans Blumenberg, aún antes de la archiconocida norma para el mismo de Sloterdijk, cuando nos dice: "un parque de aventuras es un mundo que cumple lo prometido, sea de la índole que sea, lo que no puede conseguir, no lo promete". Y lo prometido, fundamentalmente, estaba constituido sobre el prejuicio de la base de una infinita e inagotable posibilidad de ganancia material, tornando así al pensamiento de Blumenberg cuando, consciente de la imprevisibilidad del fenómeno natural, afirma que la fe del hombre en las estructuras técnicas tiende a crear estados de confianza que, como habitualmente vienen recordándonos, constituye el fundamento sobre el que se asienta todo tipo de negocio. En este sentido, cuando dejamos de ser naturaleza propiamente dicha, considerándonos algo más por la cultura, matiza Sloterdijk, los hombres: "generan alrededor suyo el entorno de un parque. Parques urbanos, parques nacionales, parques cantonales, parques ecológicos, en todas partes debe formarse una opinión sobre el modo de regular su autosostenimiento". Es más, por poner un reciente ejemplo, la promesa de un mundo mejor más allá del vivido tiene como lugar de la visita del papa Benedicto XVI, entre otros, impartiendo el perdón por las culpas de éste, el parque del Retiro madrileño, auténtica inversión del claro en el bosque en la capitalidad española. La intervención papal tuvo, a modo de llamada de atención, una acción imprevisible de la naturaleza en forma de tormenta propiamente dicha en el acto culmen del ritual de la vigilia que fuera calificada por el mismo Benedicto de "aventura compartida" (pudiendo haberse añadido "en el parque"). Todo, gracias a Dios, salió bien.

La aventura bélica tiene su lugar en un espacio habilitado para la muerte por la suspensión parcial del tiempo de la vida en su cotidiano discurrir

El gran parque temático en que se ha convertido nuestro mundo necesita del mismo como escenario de la representación. Y para su producción requiere del instrumento de la simulación. Así simulamos en laboratorios los efectos impredecibles de la catástrofe bien sean naturales o de la artificialidad. Los de la economía, en la bolsa, los de la política, en los parlamentos, los de la guerra, en sus polígonos, los de la salud, en el complejo hospitalario, los de la educación en las escuelas, etcétera; todos ellos vienen simulando las condiciones de la realidad, aún en su negación. Cabe recordar cómo Baudrillard, con este argumento, escribió sobre la guerra del golfo, en tres tiempos, afirmando que no habría de existir, preguntándose sobre si de verdad estaba existiendo y, finalmente, concluyendo bajo la afirmación de que no hubiera tenido lugar, todo ello bajo sospecha de que aquello que realmente mueve el mundo es, básicamente, "una producción de engañifas". El escepticismo sobre la bondad de la producción del simulacro le acompañó hasta su muerte. Y no estaría de más recordar, como así lo hace el sociólogo francés Jean-Claude Passeron, el aserto de Baudelaire sobre el papel desempeñado por el malentendido, inquebrantable aliado de la simulada realidad: "el mundo no funciona más que por el malentendido. La gente se pone de acuerdo por el malentendido. Ya que si, por desgracia, nos comprendiéramos, no podríamos jamás ponernos de acuerdo".

Por lo que podemos constatar, el parque es recinto cerrado y siempre temático de algo. Todo nacionalismo, no solo el abertzale, tiene un componente similar de txikipark, perteneciendo a la misma o parecida modalidad temática. Su identidad de partida se basa, bien en el hecho lingüístico y cultural o en la propia voluntad del ciudadano del sentirse comunitaria e individualmente diferenciado del resto. Por lo que una comunidad nacional u estatal, como suma de la voluntad de sus individuos, que han decidido erigirse en nación, o inversamente, surgido de la necesidad de creación de un marco estatista para la preservación de sus elementos identitarios por parte de la comunidad e individuo sometido, tienen básicamente un mismo origen segregacionista. La espacialidad fronteriza es su ámbito natural de trabajo, aunque en ocasiones no nos pongamos de acuerdo en su delimitación. Y es que la nación que dice representar al pueblo siempre está en construcción y, por tanto, nunca es en sí misma ni la proyección de lo que se quiso que fuera ni el atavismo legendario del que se dice proceder. La delimitación como tal conlleva en su procedimiento el control y dominio del individuo y de la comunidad basado en términos de territorialidad, entrando así de lleno en el ámbito de la biopolítica, campo abonado por el pensamiento foucaultiano.

El peligro real surge cuando, como en su momento probara Blumenberg habiendo sido testigo de los excesos acontecidos durante los años previos y posteriores a la Segunda guerra mundial, el tiempo del mundo es reducido al tiempo de la vida de cada uno de nosotros y de sus epifenómenos comunitarios, teniendo en el campo geopolítico de las reivindicaciones de carácter bien local, de lo nacional, como global, de su imperio sobre los demás, un terreno donde sustentar su particular evaluación. El tiempo de la vida nos unifica en la muerte común, mientras el tiempo del mundo, repleto de contingencias de todo tipo, amplía esta unidad de base en su devenir generacional dándole continuidad. Y uno de estos acontecimientos, al parecer inevitables en la historia de la humanidad, como aventura temática dentro del parque, es aquél de la universal presencia del conflicto violento y de la guerra. A ello colabora, en gran medida, la suspensión del tiempo, coadyuvada por una mentalidad basada fundamentalmente en el presentismo, como abuso del momento actual, en el que cada uno de nosotros aspiramos a ver realizados nuestros deseos en el corto margen de nuestras vidas, a expensas de aquellos otros de los demás. La aventura bélica tiene su lugar en un espacio habilitado para la muerte por la suspensión parcial del tiempo de la vida en su cotidiano discurrir. Y cuando finaliza llena nuestros parques de egregias figuras triunfales en homenaje a los desaparecidos entes protagonistas de la memoria de esa suspensión en forma de excluyente martirologio. De todo ello nuestro pueblo, a estas alturas de la experiencia violenta, algo debiera haber aprendido, aplicando desde ya las adecuadas medidas para resarcir, si es necesario restañándolas, las heridas de la atemporalidad, pues la muerte, como no puede ser de otra manera, lo es para siempre.

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