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Tribuna Abierta

¿Qué izquierda?

por federico etxegorri - Jueves, 29 de Septiembre de 2011 - Actualizado a las 05:24h

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A veces para la acción social y política resulta mucho más interesante tener un conjunto de valores y estilos que un cuerpo ideológico completo y cerrado. En el pasado, la izquierda se empeñó en ofrecer un estilo de pensamiento que daba respuestas a una infinidad de aspectos individuales y colectivos, que lo hacía excesivamente dogmático. Si alguien era marxista disponía para sí mismo de un sinfín de respuestas más o menos claras para problemas complejos. Así, bajo las grandes ideologías, existía una seguridad intelectual considerable, provocando en algunos aspectos un pensamiento automático.

En este sentido, los cambios sociales producidos en los últimos años, hace que estemos en un momento tremendamente complejo, donde no caben las respuestas automáticas. Por eso, en mi opinión, resultan interesantes aquellas corriente que tratan de trabajar en la acción social y política desde la formulación pensamiento crítico y autocrítico, dando importancia al cuerpo de valores, al conjunto de actitudes, al estilo de pensamiento en definitiva.

Quienes desde la izquierda se empeñan en dar respuestas fáciles ante problemas complejos tienen serias dificultades para conectar las ideas con la experiencia, por su abstracción, por su absoluto.

Otro de los errores típicos de esa izquierda más dogmática es atribuirle a la realidad sus propios errores (manipulación de la masas), en vez de admitir los errores a la luz de la realidad con el fin de corregirlos. Y así se produce un negacionismo activista (nada se puede cambiar) y, lo que es peor, un estilo de pensamiento arrogante (la gente está manipulada, los medios de comunicación tienen un poder absoluto).

Estos sectores de izquierda están imbuidos de una profunda desconfianza hacia las personas que forman las actuales sociedades occidentales. Está muy extendida la tendencia a exagerar sus defectos y a subestimar o a ignorar sus cualidades. La gente común, a la que paradójicamente se llama a transformar la organización social, parece irremediablemente condenada al egoísmo, al consumismo, al machismo, al racismo. Frente a la degradación de estas poblaciones, se idealiza sistemáticamente la vida social y los tipos humanos del pasado o de otras latitudes.

Frente a estas actitudes, que tienen mucho de autoritarismo, necesitamos formular un estilo de pensamiento más abierto, que contraste sus ideas y sus valores con la realidad y la experiencia, que no sustituya un conocimiento eficaz por la emotividad de imágenes, que rechace las verdades universalmente válidas, y que ponga sus proyectos frente al espejo de la sociedad para evitar a las vanguardias autosuficientes capaces de expresar y recoger, aunque sea falsamente, la voluntad mayoritaria de la sociedad (actitud muy típica por cierto de los sectores de la izquierda abertzale cuando se arrogan la representación de la voluntad del pueblo vasco).

Está muy extendida la tendencia a exagerar sus defectos y a subestimar o ignorar sus cualidades

Es importante menos vanguardias y más 'abrepuertas', colectivos y personas que busquen otro futuro

Tal y como cita Eugenio del Río en su libro Pensamiento crítico y conocimiento, en los años 50, Festinger llevó a cabo una interesante investigación sobre una secta que había predicho el fin del mundo para una fecha precisa. Llegado ese día, al no producirse el desenlace anunciado, hubo reacciones diversas entre los miembros de la secta. No faltaron quienes, víctimas de la decepción, abandonaron la cofradía. Otros celebraron que, gracias a la audaz profecía, hubieran podido lograr que, con sus oraciones, se desactivara la temible catástrofe. Y hubo algunos, en fin, que así y todo permanecieron en tan simpática y previsora comunidad aunque su fe había quedado definitivamente minada. La lealtad ciega convierte a personas que aparentemente eran personas militantes con experiencia en personas con fe, mucha fe. Solo así por ejemplo se entiende la falta de crítica interna en Bildu ante el ofrecimiento al PNV para ir juntos a las elecciones generales, un PNV firmante de la reforma laboral contra la que LAB, entre otros, convocó una huelga general.

Esta falta de espíritu crítico suele ir de la mano de una actitud binaria, a menudo se nos hace escoger de forma simple entre capitalismo o socialismo, EEUU o Cuba, Euskalerria o España...

En otro camino se sitúan quienes, desde una actitud más precavida, admitiendo la falta de certezas, no se adscriben a un estilo de pensamiento autoritario y dogmático. Al contrario, hacen de la crítica y la autocrítica su bandera de enganche. Pero, claro, ya se sabe que la autocrítica (sobre todo cuando de la política institucional se refiere) genera temor, al considerar (equivocadamente a mi juicio) que ese gesto debilita el campo contestatario del que se siente parte: lo que no sirve para autoafirmarse no suele estar muy bien considerado. La autocrítica rara vez es popular. Y así lo pudo comprobar Batzarre cuando realizó un gesto sincero y honesto de autocrítica por su posición respecto a ETA y sus víctimas, un gesto lleno de humanismo, pero sobre todo un gesto que tenía y tiene la mirada puesta en otro estilo de la izquierda.

Isaiah Berlin dijo que "las tribus detestan a las tribus vecinas porque se sienten amenazadas por ellas, y luego racionalizan sus miedos imaginándolas perversas o inferiores o absurdas o de alguna manera despreciables, todos estos estereotipos son sustitutos del conocimiento real y son estímulos de la insatisfacción y el desdén nacionales hacia los otros países".

Por eso, ya para finalizar, creo que es más importante inaugurar una época en la que haya menos vanguardias y más abrepuertas, colectivos y personas que busquen, arriesguen, imaginen otro futuro.

Tenemos la conciencia de que lo más importante de la acción transformadora no es el resultado en sí mismo, sino la movilización, el aprendizaje, la combatividad y, sobre todo, la forja de un cuerpo de ideas donde la moral adquiere una dimensión central. Esto no quiere decir que debamos renunciar a ideales que hoy son minoritarios, o que debamos aceptar de una forma acrítica el statu quo.

Albert Camus, en La peste, reflexionaba sobre las ideas absolutas y las vanguardias visionarias, vanguardias que por desgracia en esta tierra nuestra han tenido un exceso peso e influencia, y decía "he oído tantos razonamientos que han estado a punto de hacerme perder la cabeza y que se la han hecho perder a tantos otros, para obligarle a uno a consentir el asesinato, que he llegado a comprender que todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro".

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