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histórica derrota

Fascinados, derrotados, humillados

El Barcelona pasa por encima de un Osasuna paupérrimo, incapaz de contener a un rival que le superó en todas las facetas del juego y también en intensidad

JAVIER SALDISE - Domingo, 18 de Septiembre de 2011 - Actualizado a las 05:30h

Abatimiento de Roversio y Raitala tras uno de los goles del primer tiempo.

Abatimiento de Roversio y Raitala tras uno de los goles del primer tiempo. (Mikel Saiz)

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PAMPLONA. Como un huracán pasó el Barcelona sobre Osasuna, ayer un equipo siempre apocado, fascinado por el brillo de su rival como el fan ante su estrella, rápidamente derrotado con dos goles muy tempranos y, con el paso de los minutos, humillado hasta protagonizar una jornada histórica, un día de color negro en la vida de este equipo. Un partido ya inolvidable para lo peor. El encuentro de Osasuna superó la categoría de derrota y trascendió hasta el grueso asunto de los modos de perder. El Barcelona, un equipo cualitativamente superior, fue también infinitamente más intenso que los hombres de Mendilibar. El técnico tampoco encontró el modo de parar a un rival que tuvo el partido ganado muy pronto y que continuó tan campante hasta lograr una goleada de sonrojo -no se sabe a lo que jugó Osasuna-. El octavo gol del Barcelona, obra del rutilante Messi -el argentino no recibió una falta en todo el encuentro-, fue el ejemplo sangrante de un conjunto que había salido derrotado en todas sus dimensiones -emocionalmente, tácticamente-, que nunca estuvo en pie. La altura del contrincante, el mejor equipo del momento, fue agigantada por un Osasuna ramplón y timorato, que ni siquiera encontró el recurso del coraje para impedir el bochorno de la goleada conforme los minutos no se movían y no avanzaba el reloj en este partido eterno. Si el Barcelona salió a triturar a Osasuna, no está claro lo que pretendían los rojillos en el Camp Nou a pesar de que la alineación había traslucido un planteamiento más conservador, que no de conservación del tipo. El plan no valió porque el resultado no duró.

Unido a las dificultades objetivas, el partido en el Camp Nou presentaba para Osasuna una serie de factores aún menos gobernables que la calidad del rival. Gigante para todo -loas, palos-, el Barcelona se plantaba ante los rojillos espoleado por estas críticas excesivas que deben tolerar los clubes enormes que, de un empate en el tiempo de descuento, notan cómo se les construye un cataclismo y de una tarde discreta, toda una sintomatología para el caos. Incluso Guardiola lució el látigo en la jornada previa y cambió el tono bonachón de sus reflexiones de papá feliz, por la lengua ácida y la sorna del tipo enfadado, tenso, desafiante quizás. Nada bueno asomaba por allí.

El Barcelona se lanzó sobre Osasuna con ritmo y contundencia evidente y liquidó el partido en doce minutos, los que necesitaron Messi y Cesc para ser los arietes de este equipo que juega sin 9. Los osasunistas, que no entraron en el partido con el temple que se espera de este grupo espoleado por un entrenador enérgico, terminaron en ese momento con el acontecimiento deportivo -la lucha más o menos equilibrada entre dos- para vivir el suplicio, el martirio mayúsculo que llevó al Barça a hacer de cada arrancada con el balón una jugada de gol, de cada acción con la pelota, un tormento para los de Mendilibar.

Triste para Osasuna, la única historia del partido de ayer es la de los goles, porque fueron muchos, llegaron de casi todos los modos posibles -incluso uno en propia puerta, obra de Roversio- y siempre con una facilidad pasmosa. Sin ver el balón, suponiendo que Valdés debía estar en la otra portería, los cinco goles del primer tiempo fueron la manifestación numérica del baile maldito al que fueron sometidos los rojillos. La defensa de Osasuna saltaba por los flancos y el eje -Rubén y Roversio no acertaron nunca con los caminos por los que circulaban Cesc, Messi, Xavi, cualquiera-, los centrocampistas se aplicaban a una denodada persecución del blaugrana que tenía el esférico -hubo momentos del 90% de posesión de la pelota para los de Guardiola- y Nino quedaba secuestrado en la tierra de nadie del equipo que nunca consigue el mando.

La segunda mitad se convirtió en un castigo larguísimo para Osasuna, que tampoco encontró el modo de escenificar las formas de dejar claro que tenía que luchar por su honra, por el respeto a la camiseta y evitar una goleada mayúscula. Ni hubo piedad en el Barcelona -quizás definitivamente entregado a la pelea de depredadores con el Real Madrid-, ni arreglo alguno en Osasuna que siguió viendo marchar a Messi de aquí para allá sin un bufido de reproche o a Xavi y Cesc llegando hasta el área por amplios pasillos, con los rojillos azorados pero sin ganarse el respeto en la zona caliente, cerca de su área.

El cuarto de hora final, con el Barcelona con ocho goles brillando en el marcador, resultaron un asunto menor para los chicos de Guardiola que, de haber querido más y mejor, no hubiesen encontrado impedimento alguno. La paliza que se llevó Osasuna fue de las que hacen época. De las que duelen.

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