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por gabriel Mª Otalora, Autor del libro 'Las mejores prácticas en la empresa'. Beaz, 2011 - Jueves, 15 de Septiembre de 2011 - Actualizado a las 05:21h
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LOS resultados son la prueba del nueve de toda gestión, más aún si ésta es empresarial. En función de los números se valora todo lo demás: la estrategia seguida, la política de inversiones, las personas… Sin embargo, nada es absoluto y menos un único indicador, aunque éste sea económico, pues no revela la imagen completa del resultado de todas las variables importantes de una empresa. ¿Por qué no evaluar la actitud de las personas, la habilidad para resolver problemas complejos, el conocimiento tácito o el nivel de innovación? Cada vez se asume más que el control y el valor de los activos no financieros son los que llevan al éxito financiero; y viceversa, claro.
No siempre resulta sencillo, a pesar de que está demostrado que los resultados no directamente económicos tienen un impacto directo sobre la cuenta de resultados, pues generan conocimiento en un escenario tan complejo y cambiante. Pero la sentencia de Lord Kelvin es general: lo que no se define no se puede medir, lo que no se mide no se puede mejorar, y lo que no se mejora se degrada siempre.
Cada vez se asume más que el control y el valor de los activos no financieros son los que llevan al éxito financiero
En este contexto, no podemos olvidarnos de los resultados que vienen desde el lado emocional, que también es preciso medir. En efecto, los sentimientos facilitan (o interfieren) en los objetivos comunes. Como afirma D. Goleman, tratar de distraer la atención del ruido emocional como si no importase los puntos ciegos que ocasiona su ignorancia, no hace más que crear multitud de problemas: dificultades para manejar la creatividad y tomar decisiones, ignorar el valor de las habilidades sociales, incapacidad para motivarse e inspirarse a sí mismo afirmaciones y consignas vacías sobre los objetivos a alcanzar, liderazgo falto de entusiasmo y energía, etcétera. Pocos dudan de la evidente similitud entre las prácticas de las empresas más descollantes y las habilidades emocionales que muestran sus trabajadores de mayor rendimiento.
Ya no es posible mantenerse competitivo reduciendo la inteligencia colectiva e individual a la experiencia técnica o financiera sin una mentalidad directiva que potencie la inteligencia emocional colectiva. Resulta prioritario conocer qué prácticas concretas desmotivan hasta convertirse en un problema de empresa; los procesos excesivamente detallados que impiden la flexibilidad necesaria para innovar; la escasa colaboración y relaciones interpersonales poco fluidas; valores diferentes en la práctica del trabajador y la empresa, o la falta de liderazgos adecuados. Todo está conectado en el ovillo empresarial. Cuando las personas de un colectivo son tomadas en cuenta y participan, se intensifica el compromiso con la misión y la visión de la organización, facilitando una cultura de empresa que propicie compartir el talento.
Parece evidente que ser maduro y emocionalmente inteligente son la misma cosa. Pero los llamados recursos humanos, que mejor sería calificarlos de recursos inteligentes, son lo primero que se prescinde ante la menor dificultad, quizá porque es lo que mejor sabemos hacer en detrimento de otras alternativas estratégicas mucho menos traumáticas y que generarían a medio plazo valor añadido múltiple y creativo. La experiencia finlandesa de reinventarse con éxito en la crisis es un buen espejo donde poder mirarse.
Al final, todo se reduce a dos cosas: a comportarse bien con los trabajadores, clientes e incluso con el medio ambiente, conscientes de que la actividad causa impacto social, medioambiental y económico. Y a orientar la gestión empresarial hacia la innovación, dado que la investigación es la transformación de dinero en conocimiento, y la innovación es la transformación de ese conocimiento en dinero. Por todo ello, la estrategia de personas necesita ser más integral por su impacto directo en la generación de talento y en los resultados. Y más integrada, por lo que afecta a calidad de respuesta y los resultados. Por eso creo que la medición de los recursos intangibles es la asignatura pendiente en cualquier empresa con vocación de continuidad.
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