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La frontera entre Estados Unidos y México ha inspirado magníficas obras de ficción, pero es, sobre todo, el territorio de uno de los mayores dramas reales del planeta. En Ciudad Juárez, a unos metros de la frontera, ha elegido vivir y contar lo que sucede Judith Torrea
juan ángel monreal - Miércoles, 20 de Abril de 2011 - Actualizado a las 07:48h
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Judith Torrea, ayer por la mañana en la pasarela que cruza sobre la cuesta del Labrit de Pamplona. (PATXI CASCANTE)
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pamplona. Dar voz a quienes les fue arrebatada, a los que mueren en la frontera, en una ciudad que conoce ocho, diez, doce asesinatos al día. Y a quienes se quedan allá, en Ciudad Juárez (Chihuahua, México), en lo que Judith Torrea considera "el paradigma del capitalismo": una ciudad de un millón de habitantes que creció alrededor de las empresas de montaje de capital extranjero en las dos últimas décadas del siglo XX y que se ha convertido en el lugar más peligroso del planeta. "En el escenario de la lucha por el control de un negocio que se llama narcotráfico", dice Torrea.
Juárez en la sombra (Aguilar, 2011) es una crónica escrita a ritmo de balas, fragmentada, donde se sienten las ráfagas de las ametralladoras que todos los días siembran de cadáveres las calles de arena de Ciudad Juárez, en un 60% sin pavimentar. En apenas 200 páginas, Torrea recoge historias de muertos y también de vivos, de adolescentes que borran de Facebook amigos que ya no existen, de la madre de dos jóvenes asesinados que plantó cara al presidente Felipe Calderón, del misionero católico que tuvo que abandonar la ciudad tras ver cómo su casa era tiroteada con su familia dentro, del comercial de las funerarias, uno de los pocos negocios prósperos en una ciudad donde más de 10.000 establecimientos han debido cerrar en los últimos años.
"Son las crónicas de una ciudad que se resiste a morir, de las personas que saben convertir la adversidad en fortaleza", dice Torrea de un libro que quiere abrir también un debate "real sobre el narcotráfico" sobre el modo de entender una realidad en la que el norte consume y el sur pone el sufrimiento. "Porque -se pregunta- ¿cuántas personas tienen que morir en Juárez para que alguien en Pamplona se pueda meter un gramo de coca o fumarse un porro de marihuana?".
Su trabajo, recogido en el blog juarezenlasombra, le mereció a Judith Torrea el premio Ortega y Gasset de periodismo, uno de los más prestigiosos en lengua castellana. Y le ha servido para publicar el libro que ayer presentó en Pamplona y que contiene la semilla de su siguiente proyecto, una película con la que llegar a la mayor cantidad de gente posible. "Me gustaría ver mi libro en los institutos, creo que se lee fácil, que podría ser regalado por los padres a sus hijos adolescentes", dice Torrea, que reclama una "mirada global" para observar y entender realidades locales como la de la propia droga.
la luz del desierto Judith Torrea llegó a Ciudad Juárez en 1997, a los pocos días de haberse instalado en Austin (Texas) como redactora de Euronews. "En Pamplona nadie me daba trabajo", recuerda. Y cruzó la frontera por el puente de Santa Fe, que salta el Río Grande (o Bravo) y que comunica El Paso, una de las ciudades más seguras de Estados Unidos, con Juárez, entonces un lugar muy distinto al que desangra hoy, donde era posible caminar por las calles, asistir al teatro, cenar en restaurantes. "Me atrajo la luz del desierto, los ocres fantásticos del atardecer. Y sobre todo su gente, que sonríe a pesar de pueden llevar 14 años buscando a su hija desaparecida".
Torrea llegó a Juárez precisamente a cubrir los feminicidios, los asesinatos de mujeres jóvenes que situaron a la ciudad mexicana en el mapa de la actualidad a finales de los 90. "Yo no me podía creer lo que estaba sucediendo", recuerda ahora. La industrialización, las maquilas que empleaban por 35 dólares a la semana, atrajeron en los años ochenta a decenas de miles de personas, emigrantes del sur del México. Y Juárez creció, ganó espacio al desierto que la rodea. "Pero no se abrieron institutos de secundaria", explica Torrea, por lo que "los niños a los trece o catorce años ya no tienen nada que hacer". Ni se llevó agua potable a todas los hogares ni se pavimentaron e iluminaron las calles. Y las mujeres comenzaron a desaparecer en un clima de impunidad que permanece en un lugar donde "el 97% de los delitos queda sin resolver", dice Torrea.
el deber de contar En Juaritos, el peligro y la muerte violentas se han democratizado. "Antes era para las jóvenes y bellas, hoy el peligro es estar vivo", resume Torrea, muy crítica con la política del presidente Felipe Calderón, y su guerra contra el narcotráfico, desatada en marzo de 2008 y que se ha cobrado unas 8.700 víctimas y ha dejado 10.000 huérfanos que todos los días se levantan viendo el primer mundo al otro lado de la frontera, tras las vallas y el río.
Ésa es la Juárez a la que regresó Judith Torrea en 2008, como única periodista no mexicana, para contar historias de personas humildes. "Si no lo hacemos, los periodistas nos convertimos en cómplices de lo que sucede". Muchas muertes después, Torrea cubre menos los asesinatos que se repiten y más lo que llega después. "Más duro que ver los cadáveres es ver lo que queda". Ha creado también una escuela de blogueros, con el objetivo de multiplicar los voces, de amplificar los testimonios acerca de un conflicto que se ramifica y que se retuerce, donde el cártel de Sinaloa disputa el territorio al cártel de Juárez y donde "los narcotraficantes ofrecen a los pobres el trabajo que las autoridades no han querido crear". Uno de los objetivos del libro, dice, es eliminar "los tabúes entre buenos y malos", donde los narcos "no son millonarios que viven en el glamour, sino banqueros y políticos corruptos".
Judith Torrea cuenta todo esto tras haber modificado sus rutinas por seguridad. Evita exponerse y ha dejado de ir a nadar. "Porque ya cada vez la muerte está más cercana" y se lleva por delante a fuentes, a conocidos a amigos. "Quienes me conocen bien entienden lo que hago, por qué estoy allí. No tengo miedo, pero claro que reconozco el peligro. Nadie me manda estar allí", dice Torrea, que regresa en una semana a Juárez. "No sé qué me voy a encontrar, cuánta gente ya no estará, se habrá ido o habrá muerto. Pero así pasa".
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