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por gabriel mª otalora, Autor de "Europa no siempre fue posmoderna", Ed. Monte Carmelo (2010) - Viernes, 17 de Diciembre de 2010 - Actualizado a las 05:15h.
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LA posmodernidad es la expresión que resume el sentir colectivo de una época que ha perdido la fe y la confianza en sí misma. El modelo actual, lejos de conducir a la emancipación y la realización de la persona, se percibe como una vía hacia la deshumanización; el progreso moderno está en entredicho (J.F. Lyotard lo denomina "liquidación") ante la incapacidad para mejorar la existencia, con sus dogmas -que los tiene- encubiertos en forma de antidogmas que prescinden de cualquier esperanza para refugiarse en la nada.
La modernidad gustaba identificarse con Prometeo, el que desafió la ira de Zeus trayendo a la tierra el fuego del cielo. Su gesta desencadenó el progreso de la humanidad. Albert Camus, en cambio, veía en Sísifo al símbolo que mejor definía a la modernidad, condenado por los dioses a empujar sin cesar una roca hasta la cumbre de una montaña, desde la que caía siempre; y vuelta a empezar. En efecto, Europa había dedicado grandes esfuerzos para construirse y poner a prueba su resistencia contra la violencia acumulada en la primera mitad del siglo XX y, en el fondo, Camus seguía siendo un hombre moderno que confiaba en el futuro porque había causas por las cuales luchar, capaces de restituir el sentido a la vida.
Con toda razón, otros han opinado que el símbolo de la posmodernidad no es Prometeo ni Sísifo, sino Narciso, paradigma de una cultura claramente narcisista en la que el individuo está centrado y enamorado de sí mismo, sin ojos para las ideologías, la solidaridad o para proyectos movilizadores: mínima responsabilidad, máximo deseo. O lo que es lo mismo, el consumismo a la carta.
Consumismo, individualismo narcisista, hedonismo, ecologismo como pose social, cultura como mercancía… Es la era del vacío desencantado en el que la existencia se vuelve fatua y superficial que promueve un culto exagerado a lo estético. Ahora se necesita el estímulo de los sentidos al máximo, incluso utilizando dogmas o movimientos contra culturales para luego mercantilizarlos; como ocurrió con el movimiento hippye. En esta carrera por el presente, el ser posmoderno acaba destruyendo los frágiles lazos de la solidaridad hasta que se percata de que, aun rodeado por millones de seres como él, se siente completamente solo. El contraste entre las dos épocas no puede ser mayor porque la modernidad fue un tiempo de grandes utopías sociales y esperanzas.
Por tanto, los posmodernos han decidido disfrutar al menos del presente con una actitud hedonista que recuerda al carpe diem de Horacio. Lo que se debe queda subordinado a lo que se puede. Eliminada la conciencia histórica, ya no hay deudas con Dios ni con nadie, ni obligaciones con un futuro utópico y solidario eliminando, de paso, cualquier esperanza de mejorar la sociedad. El discurso fatalista nos insiste machaconamente: "No hay nada que hacer; por lo tanto, no hagamos nada". A lo sumo, compromisos temporales por intereses comunes puntuales y rescindibles en cuanto cambie mi interés.
La consecuencia lógica es la pérdida de valores. Podemos ver el consumismo por todas partes como una tentación arrolladora; es la era de la acumulación y de las posibilidades de elegir cada vez más opciones a nuestro gusto. Todo pasa por una evolución hacia la gratificación inmediata y narcisista. Es el predominio de lo individual sobre lo universal, de lo permisivo sobre lo coercitivo.
Los posmodermos prefieren vivir en el pensamiento débil del individualismo frente a cualquier convicción de peso, dado que la sana ambición por encontrar un sentido único y totalizador de la vida conlleva una apuesta excesiva. Para ellos, las convicciones que dieron seguridad y razones para vivir a las generaciones pasadas han desaparecido para siempre, y lo aceptan con jovial osadía.
Afortunadamente, la visión posmoderna no es sentida ni vivida por todo el mundo igual. Hay vida y esperanza más allá de sus tesis sobre el final de la Historia y de su indiferencia ante los valores más humanos. No se trata de revolver en el pasado para quedarnos en él, sino para que nos ayude a dibujar opciones posmodernas alternativas a la actual, desde su demostrada atemporalidad como modelos de convivencia y desarrollo solidario para el momento presente. Es necesaria una reformulación espiritual y filosófica frente a las grandes dosis de empobrecimiento humano. Creo que fue Alexander Soltzenitzin quien nos alertó de que la defensa de los derechos individuales ha llegado a tales extremos que la sociedad ha quedado indefensa contra las acciones de ciertos individuos. Es el momento, en Occidente -decía el represaliado ruso- de defender no tanto los derechos humanos como las obligaciones humanas.
Pero, ¿cómo rehacer la moral colectiva y la búsqueda sincera de la verdad? ¿Cómo hablar del bien y del mal cuando hemos banalizado ambas realidades? ¿No es el nihilismo soberbio lo que ha hecho posible la realidad actual? El cambio sólo puede producirse mediante una nueva toma de conciencia alentada por nuevos profetas y filósofos capaces de arrastrar a muchas más personas hacia una toma de conciencia ejemplar (desde el ejemplo). No sería la primera vez en la Historia que ambos colectivos logran cambios trascendentes en Europa gracias a su mensaje, a su influencia, al ejemplo y a la audacia. Porque ya no valen las teorías ni los dogmas: ahora, más que nunca, son tiempos de predicar con el ejemplo frente a la concepción mecanicista de la naturaleza. Bajo el mito del progreso, estamos empeñados en su depredación obviando que somos parte de la naturaleza que destruimos; la transgresión de sus leyes y su destrucción sólo acarrea la nuestra.
Resulta, pues, imprescindible que Europa se implique en abrir otra vertiente posmoderna capaz de liderar la civilización pendiente.
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