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"En la Iglesia institucional que tenemos no hay lugar para insumisos, y yo lo sabía", dice el teólogo
jorge napal - Jueves, 2 de Septiembre de 2010 - Actualizado a las 04:39h.
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Joxe Arregi posa frente al santuario de Arantzazu (Ruben Plaza)
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DONOSTIA. Siete meses después de que José Ignacio Munilla tomara posesión de su cargo como obispo de Donostia, el teólogo Joxe Arregi cuelga los hábitos tras medio siglo de sacerdocio. Dos realidades que guardan directa relación, ante una sucesión de acontecimientos que se han precipitado de un modo inusual en el seno de la Iglesia, siempre tan dada a lavar la ropa sucia de puertas para dentro. "No he necesitado de grandes discernimientos: o acataba o me iba". Son palabras del propio Arregi hechas públicas ayer en un artículo escrito de puño y letra -Franciscano sin hábito- en el que da cuenta de los motivos que han provocado su abandono. "Dejaré la orden, y con ello pierdo mucho, pero quién sabe si, al final, el perder no será una ganancia también esta vez", reflexiona el religioso, obligado a escoger el camino de "la vida con todos sus riesgos".
Era ayer un día en el que su entorno más cercano decía sentirse de lo más "apenado". Arregi deja su "Arantzazu del alma", donde ha vivido 17 de sus 57 años, convertido en una persona que no ha cosechado más que parabienes en su labor docente, pero que del mismo modo mantenía puntos de fricción por su manera de entender la cristología. Discrepancias que se habían convertido en un irreconciliable enfrentamiento con la postura oficial de la Iglesia, en concreto, con el obispo Munilla. Su entorno vive con pena y dolor la actual situación pero, en rigor, a nadie sorprende la decisión tomada dado el cariz que habían tomado los hechos. El propio Arregi reconocía ayer que era "previsible" un desenlace de esta naturaleza desde aquel 23 de diciembre, en el que le impusieron guardar silencio para evitar medidas más drásticas. El teólogo era por aquel entonces uno de los sacerdotes guipuzcoanos que más decididamente criticó la designación de Munilla como obispo de la Diócesis de Donostia. De algún modo, "sabía que callarlo", algo que el propio franciscano acató guardando silencio durante unos meses.
punto de inflexión Pero la situación estaba lejos de calmarse. Fuentes de la orden franciscana consultadas ayer explicaron que el obispo les dijo "bien claramente que Arregi no, que en su diócesis no podría ni enseñar ni predicar", una directriz impuesta que no admitía segundas lecturas. Ante la gravedad de la situación, responsables de la provincia franciscana intentaron mediar, solicitando a su "amigo" que, de algún modo, reculara de sus postulados. Mantienen con él también ciertas discrepancias, pero no dejan de ser almas viajeras en el seno de la orden, donde existen lazos de amistad. La respuesta de Arregi no fue dar marcha atrás, sino todo lo contrario. Acatar la orden impuesta era convertirse en algo así como el portero del monasterio, o el encargado de limpiar los pasillos, tareas que le arrumbaban a un lejano rincón de silencio, algo que entraba en contradicción directa con lo que le dictaba su propia conciencia.
El 17 de junio Arregi dio un paso que le dejaba ya con pie y medio fuera de la orden. Fue cuando hizo público el escrito Tomo la palabra, donde el religioso llegó a denunciar que el obispo exigió su destierro. "Tomé la palabra, no porque tenga algún mensaje profético urgente que pregonar, sino simplemente porque ya pasaron los tiempos en que la libertad de palabra pudiera ser impedida en la Iglesia de Jesús", expresaba ayer el religioso.
Arregi declara que "basta conocer la historia para saber cómo han cambiado las cosas, o basta gustar del Espíritu de Dios para saber cómo han de cambiar. Quien no conoce la historia, que guste al menos del Espíritu; quien no guste del Espíritu, que conozca al menos la historia". Todo ello, prosigue Arregi, para concluir "¡Cuán anacrónica y contraria al evangelio es esta idolatría de la doctrina que nos tiene amordazados!".
El teólogo explica que por eso dijo "no callaré". Era consciente de que aquel paso equivalía a una insumisión, y "en la iglesia institucional que tenemos no hay lugar para insumisos. Tampoco hay lugar para insumisos en la orden franciscana que tenemos", algo de lo que, dice, fue plenamente consciente.
Así, según revela, los responsables franciscanos, aun en contra de su voluntad, "y como única forma de evitar un grave conflicto interno", se vieron obligados a exigirle sumisión a las órdenes del obispo. "No he necesitado, pues, de grandes discernimientos: o acataba o me iba". En su despedida, el franciscano tiene palabras también para el obispo Munilla, a quien le desea "lo mejor". Y lo mejor, a su entender, pasa por "escuchar, respetar y secundar la voz de la inmensa mayoría de su comunidad diocesana", de la que Arregi dice que seguirá formando parte activa. El religioso confiesa que se ha propuesto escoger la vida con todos sus riesgos. "No sé qué será de mí, pero allí donde vaya Dios vendrá conmigo, y si en el camino me pierdo, Él me encontrará", concluye.
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