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Eneko Astigarraga Arancibia - Martes, 24 de Agosto de 2010 - Actualizado a las 04:08h.
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Cuando cualquier argumentación o discusión relacionada con la posibilidad de circular en bicicleta por la ciudad nos lleva al punto de necesitar vías segregadas para poder hacerlo, ¿hablamos de bicicletas? Cuando la mayoría de los esfuerzos de los ayuntamientos por hacer la circulación en bicicleta posible en sus ciudades se traducen en contabilizar kilómetros de circuitos bidireccionales en zonas peatonales o en corredores imposibles entre coches aparcados y bordillos de aceras, ¿hablamos de bicicletas? Cuando una de las inversiones más vistosas y más costosas de muchos ayuntamientos son unos sistemas expendedores y recogedores de bicicletas interconectados en la ciudad para proporcionar a los ciudadanos la ilusión de que su ciudad apuesta por la movilidad sostenible, ¿hablamos de bicicletas?
No. No hablamos de bicicletas sino de operaciones de marketing social interesantes e interesadas. Hablar de bicicletas es hablar de vehículos en la calzada. Vehículos que cohabitan con los demás y a los que la mejor oportunidad que se les puede dar es condicionar el tráfico de los vehículos a motor. Limitando sus velocidades, su espacio de circulación y sus oportunidades de aparcamiento en zonas céntricas, valiosas o puntos neurálgicos… para hacer las calles más seguras. Hablar de bicicletas es hablar de inculcar la conciencia de que otra movilidad es posible desde los colegios. En vez de utilizar las bicicletas para simular que conducen coches con la excusa de enseñarles educación vial, nuestros niños deberían aprender a consolidar sus habilidades y ser educados en sus derechos y obligaciones como conductores de vehículos óptimos para la ciudad. Hablar de bicicletas es hablar de aparcamientos donde dejarlas seguras y a cubierto cuando se va a trabajar, a estudiar, o a cualquier actividad para la que esos aparcabicis que se siembran sin mucho criterio por nuestras ciudades resultan insuficientes. Aparcamientos que también son necesarios en muchas zonas residenciales donde guardar una bici resulta mucho más complicado que guardar un coche. Hablar de bicicletas, en definitiva, requiere poner en tela de juicio la lógica que nos ha llevado a percibir un miedo, normalmente injustificado, por la excesiva presencia, prioridad y prepotencia que le hemos ido dando a los coches y a sus conductores en nuestras ciudades y que nadie se atreve a moderar.
Así pues, no queremos hablar de bicicletas si ello no conlleva condicionar el tráfico motorizado en nuestras ciudades, porque si no, estaremos hablando de peatones damnificados, despotenciación de la bicicleta como medio de locomoción e incremento de la inseguridad vial. Necesitamos las ciudades para vivirlas y compartirlas.
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