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por andoni esparza leibar - Miércoles, 18 de Agosto de 2010 - Actualizado a las 04:08h.
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ENTRE la gente con inquietudes intelectuales, el mundo del fútbol no goza, por lo general, de muy buena fama. Con frecuencia es visto como un fenómeno primario, una eclosión de gregarismo envuelta por su estética atroz. En consecuencia, les resulta difícil de comprender que algo que, a primera vista parece tan irrelevante, insignificante e insustancial consiga esas fervientes adhesiones.
Incluso la propia palabra fútbol (en la práctica, frecuentemente, fúbol), resulta penosa. Un inglés (football) mal pronunciado, con cuyo constante uso damos una imagen de colonizados en el ámbito cultural. Podría utilizarse en su lugar el balompié, que recomendaba la Real Academia Española, pero parece que el pueblo soberano no está de acuerdo.
No es de extrañar pues, que tras el atracón producido por la copa obtenida en Sudáfrica, algunas voces vuelvan a calificarlo como opio del pueblo. Y no les falta razón.
El fútbol contiene muchos aspectos que gustan a gran parte de la ciudadanía: el espíritu de grupo, gritar a pleno pulmón, y también ese esquema fácilmente comprensible de victorias y derrotas (en este último caso, con la posibilidad de obtener la revancha en un plazo relativamente corto de tiempo). En esta sociedad en la que vivimos -en que se trata de que prime la racionalidad- a mucha gente le gusta abandonar momentáneamente sus murallas de individuo calculador, para sumergirse en la muchedumbre y poder disfrutar de unos ratos de gozosa animalidad.
Debido al arraigo social del fenómeno, incluso los jefes de Estado y presidentes de Gobierno fingen que les gusta, para que la gente ordinaria se sienta identificada con ellos. España no es diferente. Los reyes -después de que Alfonso XIII fuera despedido el año 1931 y debido a las propuestas de ERE que formulan periódicamente los sectores republicanos- saben que hay que llevarse bien con los electores (que son en este caso la patronal), para mantener su puesto de trabajo. Sopesando cuidadosamente todas las exigencias en juego, los asesores de imagen de la Casa Real lograron en la final de Sudáfrica colocar una discreta bufanda con la bandera española a doña Sofía, sin que la estética regia quedara excesivamente dañada.
Pero dejando a un lado estos aspectos más o menos negativos, hay una cuestión que confiere al fútbol un gran valor para las sociedades humanas: el hecho de que permite realizar guerras virtuales, sin derramamiento de sangre (es de esperar que la selección de Corea del Norte, tras haber perdido 7-0 contra Portugal, no haya sido masacrada por su dictador).
Entre la gente con inquietudes intelectuales, el mundo del fútbol no goza de muy buena fama
La inmensa mayoría de los aficionados conviven hoy sin problemas con los seguidores de los otros equipos
Recuerdo una conocida fotografía del inicio de la Primera Guerra Mundial. Muestra a un grupo de soldados alemanes que se disponen a marchar al frente en un vagón de ferrocarril. Sonríen alborozados por la aventura, en actitud de alegre camaradería. Sobre los tablones alguien ha escrito "Nach Paris", señalando el punto al que desea llegar la expedición. Unos componentes sicológicos muy similares a los del fútbol… sólo que la guerra costó millones de muertos. Otros partidos (la Guerra Franco Prusiana de 1870-71 y la II Guerra Mundial) tuvieron también unos resultados nefastos.
Evidentemente, en la gestación de un conflicto bélico intervienen muchos factores, pero pocos dudan del importante papel que juega con frecuencia el gregarismo para desencadenarlo. Acudiendo a un símil, sería algo así como la relación que se da entre el detonante y la carga explosiva. Teniendo eso en cuenta, a veces cabe desactivar la bomba. Hubiera sido deseable futbolizar el conflicto Francia-Alemania. De esa forma, y para gran parte de la población, las peleas serían asimismo muy emocionantes y las victorias y derrotas igualmente históricas, pero carentes de coste humano.
Es algo que muchos perciben. Cantaba Shakira en el propio himno oficial del Mundial: "...va a comenzar la única justa de las batallas".
También hubo anteriormente varios partidos Holanda-España, a la antigua usanza. Cabe recordar las guerras del siglo XVI. Utilizando la terminología del ámbito que nos ocupa, podría decirse que el duque de Alba, gobernador de los Países Bajos en la época (y que hacía las veces de técnico de la selección española), se empleó a fondo en obtener el triunfo aunque, al no respetar a la hinchada holandesa, sólo logró redoblar la resistencia de los naturales, cuyo equipo capitaneado entonces por Guillermo de Orange (de aquí el color naranja con el que sigue distinguiéndose su selección) logró hacerse décadas más tarde (se trataba de la Guerra de los Ochenta Años) con el triunfo.
A título de curiosidad cabe añadir que la letra primitiva de una de las composiciones que se postulan como himno vasco, hacía referencia al sonido de la trompeta que aterroriza desde el mar a la ribera holandesa. Pero en este caso se trata de una canción originaria del País Vasco francés, por lo que debe tratarse de algún otro partido, entre la nación gala y los Países Bajos.
Pero, felizmente, estamos en otros tiempos. Inmersos en un proceso de continua mejora, en estas últimas décadas las gentes han asumido bastantes dosis de civilización y buenas maneras. La inmensa mayoría de los aficionados conviven hoy sin problemas con los seguidores de los otros equipos y algunos son incluso capaces de aplaudir las mejores jugadas de la formación rival.
Alienante y necesario pueden parecer dos calificativos contradictorios. Pero recogen los extremos de este fenómeno tan complejo que es el balompié. Quienes se sientan molestos por el -ciertamente, primario, hortera y ruidoso- mundo del fútbol, deberían recordar también que presenta esa enorme ventaja: el permitir que se declaren constantemente conflictos bélicos ficticios, obteniendo triunfos históricos, sin derramamiento de sangre.
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