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carlos pérez conde - Domingo, 8 de Agosto de 2010 - Actualizado a las 01:01h.

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El Struendo de Iruña dejó de ser inédito para mí en su 49º aniversario de existencia no subvencionada

la Casa de Misericordia fue inmisericorde con la alcaldesa Barcina y le impidió un acto de camuflaje de la ausencia de las Peñas a la corrida del 11 de julio. La alcaldesa pretendió tapar el delator hormigón con un cartel institucional sobre la aspiración pamplonesa a la capitalidad cultural europea en 2016. El humor hiriente característico de las pancartas pudo ser sustituido por el humor surrealista de la pretensión municipal. La rebelión de las Peñas y la interferencia del Mundial de fútbol en el ambiente de las fiestas marcaron un año histórico para mí en la vivencia de los Sanfermines: el primero, después de 42, sin obligaciones laborales. Que se dice pronto. Fueron, en buena medida, las fiestas de San Fermín de "lo que el ojo no ha visto". Nunca había estado en la Casa Consistorial durante el chupinazo. El pecado de mi empeño llevó implícita la penitencia. Me sentí como el cabezudo Alcalde y el kiliki Caravinagre: fuera de sitio. La fiesta estalla en la calle. Tampoco había contemplado nunca el regreso de la procesión. Las obras en la fachada de la Catedral de Santa María -con el atrio vallado- y la falta de campanas -expuestas en el museo diocesano- impidieron el momentico de la estrepitosa polifonía de sonidos en la despedida al Cabildo catedralicio. Tarea pendiente. El Struendo de Iruña dejó de ser inédito para mí en su cuadragésimo noveno aniversario de existencia no subvencionada. Ruido rítmico de percusión guiado por txistus, silbatos y la makila de Echarte. Arrebaté los palos al relojero Viguiristi, para percutir en el tambor amarrado a su cintura, y el abogado Ruiz de Erenchun me cedió sus txundas, adornadas con pegatinas de varios años cual galones de veterano. Una tamborrada sin el rigor donostiarra. Acudí a mi primer apartado y tuve la suerte de ser apartado a un chiquero de privilegio: el cuarto de sogas, trampillas, puertas y luces donde se consuma el enchiqueramiento de los toros para la corrida de la tarde. Apenas metro y medio sobre cada morlaco. Sabor. Como el inconfundible sabor y textura de los churros de la Mañueta, a los que La Pamplonesa saluda en las dianas del último día. Varias generaciones de la familia Elizalde-Fernández, con una emocionada Paulina a la batuta, corresponden con churros y moscatel. Y con churros, al encierro. A la cuesta de Santo Domingo, a mi primer escenario como narrador radiofónico. Dos mañanas en ese primer tramo y una en Estafeta, mi último balcón profesional. Sensación de vacío. Afiancé una vieja convicción: el encierro es una intransferible vivencia personal antes que un espectáculo emocionante y vistoso. Contarlo en tiempo real era una manera de vivirlo. Sólo cabe una más intensa: correrlo. Confieso que este año me pudo el valor de la sensatez.

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