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pobre de mí

Entre el alivio y la pena

Cientos de pamploneses despidieron las fiestas en la plaza del Ayuntamiento

amaia alvarez - Viernes, 16 de Julio de 2010 - Actualizado a las 04:10h.

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Cuando se acercaron las doce, cientos de personas desnudaron sus pañuelos para alzarlos junto a las velas.

Cuando se acercaron las doce, cientos de personas desnudaron sus pañuelos para alzarlos junto a las velas. (IÑAKI PORTO)

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PAMPLONA. Intercalando el Pobre de mí y el Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo... cientos de personas se congregaron el día 14 en la plaza del Ayuntamiento para despedir las fiestas. A pesar de que las 204 horas de jolgorio estaban reflejadas en los rostros de cansancio, el buen ambiente, como no podía ser de otra manera, protagonizó la última noche de San Fermín.¶ Dos horas antes del cohete que marcó el fin, personas de todas las edades llegaron a la plaza consistorial en busca de un buen sitio para entonar el Pobre de mí. Con los sentimientos encontrados de temor al vacío del día siguiente y el alivio de poder descansar después de nueve días de fiesta ininterrumpida, cientos de personas entonaron con la lágrima en los ojos clásicos sanfermineros como La chica ye-ye y Pero sigo siendo el rey.

Aunque sin la misma euforia del día 6, en la plaza no cabía un alfiler pasadas las once y media. Desde primera hora de la tarde, la venta ambulante de aparatos para crear burbujas de jabón, pistolas de agua, gorros variopintos y abanicos –los titos que han arrasado estos Sanfermines–, dejaron paso a las velas que iluminaron la plaza del Ayuntamiento a media noche. Mientras las peñas despedían las fiestas en la plaza del Castillo, en la plaza consistorial todas las miradas de centraron en la fachada del Ayuntamiento. Dentro, la alcaldesa Yolanda Barcina –que recibió alguna que otra pitada sobre todo cuando las peñas recorrieron las calles del Casco Viejo– se disponía a encender su última la mecha como alcaldesa. Los asistentes al acto más triste de San Fermín comenzaron a desanudar sus pañuelos escasos minutos antes de las doce. Mientras, en el interior del Ayuntamiento se aseguraban de que todo estuviera listo mientras miraban atentamente al reloj para lanzar el cohete a las doce en punto.

A diferencia del Chupinazo, la afluencia de invitados al Pobre de mí fue mucho menor, por lo que los pasillos del Ayuntamiento permanecieron vacíos. La presencia de cargos públicos también fue menor. Se pudieron ver miembros del grupo municipal de UPN, a la edil del PSN Maite Esporrín y al vicepresidente del Gobierno de Navarra Javier Caballero, entre otros. Y a las doce, Barcina salió al balcón. Desde allí se podía observar el mar de velas que conformaron los presentes en la plaza. La multitud continuaba en las calles de adyacentes al Ayuntamiento y en la mayoría de los balcones de la plaza.

También hubo quien aprovechó el acto para exhibir una pancarta de Euskal Presoak Euskal Herrira para reivindicar el acercamiento de los presos. Una vez en el balcón, la alcaldesa ofreció las tradicionales palabras de cierre y la repleta plaza comenzó a entonar el Ya falta menos. Acto seguido, los fuegos artificiales lanzados desde la plaza de los Burgos iluminaron el cielo al que apuntaban las velas. La traca de fuegos artificiales dejó paso a los compases del Pobre de mí, que los presentes entonaron al tiempo que alzaron el pañuelo tiñendo nuevamente la plaza del color con el que arrancó la fiesta nueve días antes.

El rojo, eso sí, no duró mucho. Cerca de quince minutos después los pañuelos retornaron a bolsillos y muñecas, preparados para introducirse en la lavadora, pasar por la plancha y estar 355 días en el cajón esperando para volver a pringarse.

LA JUERGA NO TERMINA Pasadas las 00.30, la plaza comenzó a vaciarse. Pero no todo el mundo se fue a casa. Las peñas arrancaron su recorrido desde la plaza del Castillo y una multitud se negó a acabar la fiesta con el Pobre de mí. El día 14, de hecho, es un día popular para muchos pamploneses que ansían un poco de espacio y estar con los de casa. Las charangas ambientaron las calles del Casco Viejo hasta las tres de la mañana y muchos bares permanecieron abiertos hasta el amanecer. A las ocho en punto arrancaba el famoso encierro de la villavesa.

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