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EL ENCIERRO DEL DÍA 7

Los peñajara no hacen sangre en su galope

Veloz carrera de los toros sevillanos, muy nobles y que no dejan corneados

fotos xabier lizarraga, VICENTE LARUMBE, luis martín de vidales, JUAN PUERTA, JOXERRA LARRAÑAGA, jesús chueca, SANTIAGO TORRADO, ÁNGEL GÓMEZ, EmiLIO ZAZU, Joseba Zabalza, eduardo sanz, mikel saiz, oskar montero, IÑAKI PORTO, patxi cascante, javier bergasa, juan miguel ochoa de olza, unai beroiz, pablo roa, juan antonio garaikoetxea y efe, texto ENRIQUE CONDE - Jueves, 8 de Julio de 2010 - Actualizado a las 04:10h.

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'Paquetito' mete el cuerno junto a la axila derecha y empuza al mozo australiano, que posteriormente sería pisado por una res.

'Paquetito' mete el cuerno junto a la axila derecha y empuza al mozo australiano, que posteriormente sería pisado por una res.

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PAMPLONA. Sin practicar la rutina de empinar Santo Domingo desde el año pasado, los cabestros se mostraron reticentes ante la primera apertura del portón, 17 segundos de espera para que asomaran los retornados Peñajara, que no hicieron sangre ni sangría, a pesar de que su carrera vertiginosa puso contra los pitones a más de un mozo que libró de las astas por el comportamiento nobilísimo de los animales (los toros, se entiende). Entre los únicos daños que salpicó la carrera quedaron los traslados hospitalarios de dos mozos, un zaragozano de 20 años con contusión ocular y un australiano, Nicolas Ward, con 18, policontusionado al ser pisoteado por dos bureles antes del callejón.

Los ejemplares sevillanos, tras hacerse de rogar en los corralillos, protagonizaron una carrera de trote intenso, cabeza erguida y derrote desactivado y dejaron la calle más limpia que la patena. Un petardo lanzado en Santo Domingo apenas tres minutos antes del último cántico ya había disuadido a unos cuantos corredores del gentío de los primeros tramos y también contribuyeron a aligerar de personal los adoquines las afiladas pisadas de los Peñajara, que sólo habían corrido en Pamplona en 1998 y repitieron saldo hospitalario: blanco de cornadas. Ayer se conformaron con trufar la calle de unas cuantas caídas, trompicones y empellones fruto de la velocidad de la torada y, así más, de la querencia de los mozos por ponerse delante de los cuernos y soltar algo de adrenalina (ya saben, cuanto más importante es la competición, más cuesta arriba se hace el debut).

Una vez desperazados, un par de mansos llevaron la batuta de la manada hasta Mercaderes y los pusieron a fila de a uno, más rectos que una vela. Pistolito, castaño y grabado con el 173, se puso a competir por el liderato de la carrera una vez sorteada la primera curva y barrió la acera derecha de la cuesta, donde no topó con carne pero dejó a su paso una voltereta y una faja que le pasó por el morro. Con el ritmo del veloz Pistolito, que perdió pie antes de la curva, alcanzó la torada Estafeta sin episodios reseñables, que tampoco los hubo una vez sorteado el giro.

se parte la manada Se empezó a disgregar la grupeta, marchándose por delante dos cabestros, a los que perseguían a apenas dos zancadas el inquieto Chucero y los protagonistas del final del encierro, el sardo Paquetito y el castaño salpicado Bandolero. Con amplios huecos y pocos corredores en la frente, los animales impusieron un trepidante ritmo, que permitió a más de uno lucirse en la cara de los morlacos. Por detrás, a distancia de los cabeceros, los castaños a secas Escalero (18) y Pistolito (173) seguían la estela sin hacer ni un renuncio, al igual que Bandurrio (107), el único burel negro y que cerraba rezagado la torada junto a los últimos cabestros. Las intermitencias entre los grupos de animales propiciaron las galopadas de los mozos más avezados y también una pugna importante por hacerse con el sitio. En uno de esos enganchones, Bandolero se fue al suelo en la entrada de Telefónica, cayendo detrás de él un par de jóvenes a los que un cabestro puso las patas delanteras a la altura de la nuca.

Repuesto el animal, volvió a tomar la delantera junto a Paquetito, el sardo, y entre ambos se encargaron de voltear al mozo aussie Nicolas Ward, dejarle la camiseta hecha jirones y la espalda con un reguero de golpes. Semejante susto provocó algún acelerón por delante, donde varios mozos cayeron en el callejón provocando un pequeño montón en una orilla. Los Peñajara, por enésima vez, no hicieron por vencerse hacia la carne y entraron diseminados pero sin malas pulgas por la arena, donde apenas dieron un garbeo.

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