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Miles de personas acudieron a la Plaza del Castillo con doble motivo festivo
Jueves, 8 de Julio de 2010 - Actualizado a las 04:09h.
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Miles de personas vieron el partido en la plaza del Castillo de Pamplona.
DAVID OSTA
ERAN las 20.30 horas de la tarde y todo se paralizaba para ver a la Roja. Miles de personas vibraron ayer con España en la Plaza del Castillo. Quedaban 90 minutos por delante. 90 minutos de nervios y espera. Algunos se comían las uñas, otros preferían morderse la camiseta. Tampoco faltaban los rezos o amuletos. Todo valía como antídoto para los nervios o como vacuna para el estrés. Todo valía para apoyar al combinado español. Los más jóvenes fueron los que mejor respondieron a esta cita y se vio que quienes piensan que el fútbol es cosa de hombres se equivocaron. Había una gran cantidad de chicas. No obstante, lo mejor todavía estaba por llegar.
Ayer hubo quienes optaron por ver el partido en casa o en el bar; con los amigos o con los familiares. Pero ayer también hubo miles de personas que optaron por salir a la calle y abarrotar la Plaza del Castillo para asistir a un partido único. Miles de aficionados que nunca han visto una generación de futbolistas que hayan llevado a la selección tan lejos. Las banderas y camisetas de la selección española tiñeron la plaza de rojo y amarillo. No faltaron tampoco las banderas alemanas (muy pocas) o quienes no se daban cuenta de que su equipo no estaba jugando (unos mexicano se colaron en la fiesta). Muchas personas se pintaron la cara con los colores de la bandera española para apoyar a los de Del Bosque. Tampoco faltaban los que iban con los alemanes o los que iban contra España. También estaban a quienes no les importaba el fútbol pero se unían a la fiesta porque al fin y al cabo era un día de júbilo y fiesta. Se contagiaban del ambiente. Cualquier excusa era buena para celebrar, cantar y bailar en un día festivo para Pamplona. Fútbol o no la presencia era masiva. Conscientes o no de lo que estaba por venir, querían vivirlo y ser participes de la gesta.
En los minutos previos no se hablaba de otra cosa. Había aficionados de todas las edades, nacionalidad o condición. Todos estaban invitados a la gran fiesta del fútbol. El día de ayer era especial para todos. El patrón de Pamplona, San Fermín, tampoco se lo quiso perder y salió en procesión, quizá, con algo de morriña por no poder disfrutar en persona de un momento histórico en el día grande de las fiestas. Lagrimas, gritos, abrazos entrañables con gente desconocida, besos efusivos con gente conocida. Todos eran conscientes de que se hablará mucho de este día que marcó un antes y un después en la historia del fútbol español y no se lo querían perder. Había quien sufría en silencio. Las caras eran un poema. La sensación de hallarse ante un momento irrepetible resultaba abrumadora.
El rojo de los pañuelicos y las fajas era todavía más rojo en el día en que la selección española hacía historia. La fiesta era por partida doble. Todo estaba preparado para animar a la Roja en un día doblemente especial: un día que sin duda alguno será recordado y pasara a la historia pase lo que pase el domingo.
La única nota negra la pusieron quienes mezclaron fútbol con otras cuestiones y protagonizaron un pequeño altercado entre un grupo de peñistas y algunos aficionados de España
Cuando comenzó el partido se desató la locura y empezaron los nervios. El partido transcurrió entre pitos, aplausos, cánticos y bocinas. Cada córner se celebraba como si fuese un gol. El ambiente era tremendo. Pitidos tímidos y manos a la cabeza con cada ocasión germana. El calor no acompañaba pero entre helados y abanicos se hacía frente a las altas temperaturas. Seguro que todos los aficionados que allí se congregaron recordaran el sutil toque de Torres para elevar el balón por encima del guardameta germano y mandarlo al fondo de la red. Sin embargo, el recuerdo no da títulos ni gana partidos. Por eso, todos acudieron en masa a la plaza para apoyar a España y poder presenciar otra imagen que se quedará para el recuerdo. No había tiempo ni para fumar. Algunos tenían la vista fijada en el televisor y ni parpadeaban. Otros, entre resoplidos, preferían no mirar o hacer otra cosa para distraerse en medio de un ambiente tenso a la par que festivo. Una amalgama de sentimientos y pensamientos que no dejaban a ningún aficionado indiferente. La gente se buscaba su sitio para disponer de las mejores vistas. Cualquier sitio valía. Encima de los baños, de los novios o incluso de los árboles. La cuestión era ver y disfrutar.
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