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Tribuna Abierta

29-J, una huelga sin pasión

por paco roda - Miércoles, 23 de Junio de 2010 - Actualizado a las 07:16h

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aPOYARÉ la huelga del 29-J sin ninguna convicción de su utilidad. Pararé, sí, pero no por, sino pese a las proclamas triunfalistas que me animan con ello a frenar las políticas sociales y laborales de Zapatero.

No es que no crea en la huelga, es que no creo en la manera de gestionar esta huelga. Porque la principal arma de combate de la clase obrera requiere una reformulación si no queremos deconstruirla y degradarla más aún de lo que está. Ahí están los resultados de las últimas convocatorias. Que nadie se lleve a engaño. Salvo que no nos guste el color y el olor que despide la realidad. Porque la disidencia hace tiempo que cotiza a la baja. Porque la catástrofe no es lo que viene, sino lo que hay. Pararé porque es el penúltimo cartucho de una clase obrera dividida, y no siempre por propia iniciativa, que ha abandonado todo espacio de combate. Pararé pese a no estar de acuerdo con una convocatoria que fractura a los trabajadores y a población generando una división dirigida, impuesta y selectiva.

Y es que aquí siempre tenemos que optar entre unos y otros sindicatos, unas u otras convocatorias, dividiendo en vez de uniendo, confrontando en vez de cohesionando y, en el fondo, optando y obligando al personal a posicionarse en función de adhesiones externas, filias ajenas y objetivos alejados de la auténtica motivación. Porque es la opción de clase, y no la identidad de esa clase, la que nos une o desune. Suena viejo, pero no queda más remedio que resucitar a Marx. Porque más allá de la identidad está mi pertenencia a una clase que es la que me determina y me une con los riojanos explotados, los murcianos, los de Aretxabaleta o las mujeres hindúes que cosen nuestras camisas.

Pese a que unos y otros se empeñen en dividirme, como si una parte de mí fuese explotada por el capital español y la otra por el capital vasco. Pararé porque nueve millones de pobres y precarizados reclaman una urgente respuesta ciudadana. Porque un millón de inmigrantes irregulares y sin derechos nos hacen los trabajos sucios e invisibles. Éste es el conflicto, la gran deslocalización, el gran reto, la gran fractura ciudadana, el gran drama social que nunca tiene eco ni espacio en ningún foro sindical. Pese a la propaganda de escaparate que en ellos se despliega.

Pararé, no porque crea que el día después -si es que el día después alguien puede cantar victoria- Zapatero, la gran banca y la CEOE vayan a solicitar confesión y proclamar propósito de enmienda. Porque no lo harán pese a la huelga general. Pararé, no porque los sindicatos me lo digan, aprovecharé ese día para estar donde hay que estar, en la calle para su reconquista, pero teniendo claro que esos sindicatos, sin excepción, deben reformular este modelo de lucha, hoy convertido en un acto individualista donde la conciencia personal, que no de clase, sólo pretende quedar limpia de polvo y paja.

Pararé pese a que nadie ha hecho todavía una propuesta creíble y posible ante esta huelga. Sobran palabras y faltan ideas. Y es que, a diferencia de la derecha, la izquierda no sabe pensar estratégicamente. Pararé, sí, pero me cuesta sentirme arte y parte de ese discurso unitario, coherente, lúcido y sin fisuras que cantan los sindicatos. Porque no es verdad y lo saben. Porque esta sociedad está fragmentada en múltiples redes de relación absolutamente descompuestas e individualizadas, fruto de un hipercapitalismo de consumo que ha estimulado la multiplicación infinita de las necesidades. Por no hablar de las múltiples dependencias contraídas que en muchas ocasiones generan auténticas contradicciones internas y de clase.

Esta sociedad está fragmentada en múltiples redes de relación descompuestas e individualizadas

Debemos provocar, generar y diseñar nuevos espacios de conflicto y resistencia

¿Animará usted, sí, usted que va a parar, a parar también a esa mujer colombiana que cuida a diario a su madre o a su suegro, a sus hijos, a su hermano enfermo en el hospital, a esa mujer, esta vez boliviana, que le ayuda a conciliar su vida laboral y familiar porque el Estado no lo hace?

Todo esto está impidiendo respuestas unitarias. Y no las hay porque los intereses se han fragmentado; las necesidades, segmentado; y los problemas, individualizado. Porque el capital global nos ha convertido, individualizando nuestra cotidianeidad, en los mejores reproductores de la maquinaria de control. Y esto los sindicatos lo ignoran porque están manejando análisis fordistas o posfordistas más propios del XIX que del siglo XXI.

Pararé pese a que nadie, especialmente en el seno de la izquierda, parece reconocer la crisis de disidencia real que padecemos, una disidencia inútil y perdida en inofensivos debates grupusculares y en ingenuas reivindicaciones sin vocación alguna para situarse en el centro de la cotidianeidad, ésa que realmente nos define y nos hipoteca frente al poder.

Pararé pese a las proclamas de los sindicatos y los partidos que me animan a ello, esas arengas cargadas de insensato optimismo izquierdista al pensar que el período actual de crisis del capitalismo, sin resolver desde los años setenta, nos conduce a una nueva oleada revolucionaria de cambio social. Porque no es verdad, son muchos los factores y los datos que hacen vislumbrar una reproducción de la historia. Porque esta crisis es la coartada ideal de los poderosos para renovar sus estructuras de sustracción y acumulación de excedentes, así como de los mecanismos que permiten su control y dominación de la población.

Pararé pese a que nadie parece reconocer la débil relación de fuerzas -que insistentemente muchos se empeñan en dividir reproduciendo así el instinto individualizador de nuestro tiempo- y la incapacidad de generar conflicto unitario contra la hegemonía del capital. Y es que la fragmentación del trabajo y la sociedad de consumo hace tiempo que pusieron en crisis a los sindicatos incapaces de ver que el destino personal ya no se vincula con el destino colectivo, que ya no hay un lenguaje común para una experiencia común.

Pararé, sí, porque, de no hacerlo, contribuiré a sostener y mantener la debilidad que estamos demostrando desde los movimientos sociales, sindicales y políticos. Una debilidad que sólo nos puede llevar a acabar acatando una nueva salida regresiva de la actual crisis. Pararé sin ilusión sabiendo que una insurrección no se propaga por efectos big-bang, ni por contaminación propagandística, sino por resonancia. Y ello es difícil en un mundo que no parece tener otra forma de sostenerse que mediante la gestión infinita de su propia derrota y sus propias crisis.

Por eso creo que debemos provocar, generar y diseñar nuevos espacios de conflicto y resistencia que no puedan ser gestionados por el poder-sistema. Porque la crisis no es más que una forma de gobernar.

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