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Osasuna reedita su imagen inofensiva, esta vez en palma, y el Mallorca se aprovecha de dos acciones puntuales para ganar con comodidad
JAVIER SALDISE - Martes, 20 de Abril de 2010 - Actualizado a las 07:09h
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Josetxo se lamenta del primer gol, recibido en un saque de esquina, en el que Rubén superó a los defensas rojillos.
PAMPLONA. Osasuna no hizo mucho para darle la vuelta a su pobre imagen como equipo visitante y no se salió del triste destino, del papel horrendo que viene representando cada vez que se juega los cuartos fuera de su campo. Alejado de cualquier emoción, incapaz de imponer un punto de suspense a este tipo de encuentros, el envite ante el Mallorca resultó una historia conocida, un dejá vu evidentemente molesto. Sin hurtar méritos al Mallorca, un equipo que sin nombres de relumbrón juega entusiasta y animado, explosivo en los últimos metros y tenaz en la pelea, Osasuna volvió a acometer una tarea inalcanzable para un conjunto que carece de picardía en los últimos metros, que ve puerta en ocasiones contadas, que se pierde por los caminos del gol. Si a las dificultades para marcar, para elaborar un juego ofensivo que provoque tensión, se unen puntuales lagunas en el comportamiento individual y, por primera vez, ayer la sensación de agotamiento, señales de que la temporada se está haciendo larga y que hay que dar carpetazo, no puede haber otro final. Ni siquiera imaginado. No hay sitio para la sorpresa.
El viaje a ninguna parte que le llevó a Osasuna a dejarse por el camino otros tres puntos, no afecta para que el equipo de Camacho se mantenga a una distancia prudencial de la zona de los apuros, pero sí atañe al debate sobre las prestaciones que ofrece esta plantilla y al desempeño del propio entrenador, que también ha demostrado que es más que capaz para lograr la permanencia. Aunque viene quedando demostrado desde hace un tiempo que el fondo de armario de este equipo no es amplio -consecuencia de varios años con una plantilla en permanente estado de configuración, con un buen número de fichajes no cuajados y su obligada repercusión en la falta de cohesión-, la conclusión de esta campaña por fin holgada para la salvación no debería convertirse en un ejercicio de desamparo, de desarreglo, de falta de conducta o de determinación. Si la permanencia es el objetivo principal y fundamental, en cada partido hay unos cuantos que también se ventilan -carácter, tensión, compromiso, actitud, táctica, diseño, disposición, entre otros-, que tampoco deben olvidarse. Aunque la meta esté ya próxima, no es recomendable dejarse pelos en la gatera.
Por ello, porque Osasuna anda a estas alturas en formación y sus recursos humanos son limitados, el equipo de Camacho ofreció un partido extraño, de difícil explicación. La primera parte resultó equilibrada, con un plus de peligrosidad por parte del Mallorca que demostró también una mayor voracidad general e ideas en el último tercio del campo. El equilibrio también saltó por los aires cuando Osasuna no defendió con rigor un córner, una faceta en la que la tensión del marcaje, el nervio en la refriega, iguala cualquier contienda por desigualada que esté. En esta oportunidad, el envío de Borja Valero fue rematado con la testa por Rubén sin oposición verdadera ni molestia alguna. Con Vadócz hundido ante el empuje del defensa, vencido el húngaro por los muelles del central en esa acción.
Osasuna, que vive entre tópicos y anda despejando estereotipos -no queda mucha agresividad en este equipo y ayer, mediano carácter en la defensa de los balonazos-, construyó un primer tiempo a partir de la brega en soledad de Aranda como única batalla para inquietar -la de Aduriz con los rojillos fue otra historia-. El delantero malagueño se vació ante una zaga sólida y que, sin muchos apuros, gestionó los devaneos del rojillo con comodidad, gracias a las ayudas y a la ausencia de cómplices del rojillo. Ni Masoud, ni Camuñas, ni Juanfran echaron una mano al ariete, y eso que el extremo alicantino disfrutó de una oportunidad clarísima, en la que Aouate le comió el terreno y le dejó sin espacio para el remate.
Osasuna, que dispuso de otra aproximación sin alma por mediación de Vadócz, había concedido demasiado con el gol en contra y, de hecho, se mostraba sólo agarrado al partido porque el marcador se quedaba en una distancia mínima, próximo a saltar en cualquier zarpazo.
A Masoud, fallón y apagado, alejado de cualquier orden y papel sensato, le dejó Camacho en el banquillo para, así, reordenar el equipo colocando a cada uno en su sitio. Osasuna mejoró en orden, pero el Mallorca no alteró su peligro. Aduriz, delantero fantástico, entregado y con recursos, estrelló un balón en el poste al poco de la reanudación y el partido se dirigió hacia un sitio que le suena a los rojillos. El control de la pelota fue para los hombres de Camacho, pero su pesado juego ofensivo limitó sus apariciones con peligro a la fase final del encuentro. Vadócz, Camuñas, incluso algún alboroto protagonizado por Galán discurrieron probando más o menos a Aouate.
Sin que el resultado peligrara de forma real -el portero del Mallorca paró lo justo-, a Osasuna lo fulminaron con una de las especialidades de la temporada. Descolocado, con el ímpetu de quien no sabe cómo atizarle al contrario, a los rojillos les pillaron descolocados y Keita, en el primer balón que le llegó en condiciones, sacó ventaja de su frescura en el sprint y remató la faena. Otra derrota clara fuera. Nada nuevo para Osasuna.
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