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Mesa de redacción

Padres de ayer y de hoy

por víctor goñi - Sábado, 20 de Marzo de 2010 - Actualizado a las 09:29h

ser padre es la hostia, por más que lo pienso no se me ocurre otra expresión más certera, disculparán el vulgarismo que a buen seguro muchos de ustedes comparten aunque sea en su fuero interno. No tanto por la íntima satisfacción de perpetuar la estirpe, pues eso no se interioriza hasta que la progenie ya está aquí y sólo es una motivación principal para egos henchidos, sino por el descubrimiento de una forma de amor que excede con creces el instinto de conservación propio hasta poner la vida de uno al servicio de la descendencia incluso hasta las últimas consecuencias. Pero, como lo elegíaco no quita lo real, reconozcamos que ser padre también resulta jodido, además de por la natural querencia a exigirnos el máximo para consolidarnos como dignos modelos de los vástagos, por las renuncias personales que conlleva, por eso la paternidad jamás debiera hollarse desde la inconsciencia. Porque, sí, significa un punto de no retorno, sometida la individualidad por unas responsabilidades que debemos afrontar el resto de la existencia. De ahí que todos sean días del padre; ayer, pero también hoy. Y mañana, y al otro. Como bien lo saben nuestros propios progenitores ya que quienes también hemos adquirido tal condición somos ahora plenamente conscientes de lo que eso representa. Porque, en efecto, la paternidad tiene el valor añadido de que nos hace hijos más comprensivos y agradecidos con quienes la han ejercido lo mejor que han sabido y podido. Cuántos quisiéramos que la prole viera algún día en nosotros toda la grandeza que hoy atisbamos en quienes nos dieron los apellidos y, con ellos, el hálito y hasta el alma.

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