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Andrés Riobó Fernández - Domingo, 14 de Febrero de 2010 - Actualizado a las 09:22h
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Siendo conscientes de la actual coyuntura económica del país y teniendo en cuenta tanto las circunstancias de la ciudadanía como los últimos datos de desempleo, me gustaría hacer hincapié en los sucesivos atropellos que se vienen sucediendo en las oficinas del Inem.
Soy consciente de que somos muchos los obligados a acudir a dichas oficinas por cuestiones administrativas. La crisis se está alargando y los subsidios comienzan a desvanecerse. Es obvio que no es grato para nadie tener que presentarse ante una persona para pedir dinero. Pero más desagradable es tener que acudir a comedores de la beneficencia, hurgar en los contenedores o tener que decirle a tu hijo que recoja sus cosas porque el banco se va a quedar tu casa.
Ante estas situaciones, son inadmisibles las actitudes de muchos funcionarios del Inem. Amparados en una absurda burocracia, exigen documentos y certificaciones inútiles para alargar más y más la concesión de una ayuda que muchos nos hemos ganado con el sudor de nuestra frente. Con la aplicación absolutamente subjetiva de los criterios legales niegan por decreto una ayuda que nos corresponde por derecho.
Pero, considerando que el mayor de los males es no recibir nuestro subsidio, aún tenemos que soportar la altanería de unos personajes que conocedores de su poder nos niegan el pan de nuestros hijos. Estos funcionarios que han vivido, viven y vivirán de sorbernos la sangre durante años, y embriagados de ese néctar, nos amenazan y nos retan incluso a demandarles judicialmente sabedores de su posición predominante.
No conozco los entresijos de la administración pública, ni falta me hace. No he necesitado conocerlos para contribuir año tras año puntualmente con la Hacienda pública. Pero ahora que realmente necesito que me devuelvan una pequeñísima parte de mi aportación, me encuentro con una sanguijuela repeinada que, apoltronado en la cómoda silla que yo mismo he pagado, con una sonrisa en la cara, me reta a demandarle y me intenta tranquilizar diciendo que son muchos los que están en mi misma situación.
No deberíamos permitir este tipo de actitudes. Muchos de estos funcionarios no son conscientes de que somos nosotros quienes les pagamos cada mes, puntualmente, su sueldo. Que por nosotros disfrutan de un puesto vitalicio. Y que se deben enteramente a nosotros, porque para eso están.
Sabemos que las arcas públicas están vacías pero más vacíos estarán nuestros estómagos si dentro de poco no se pone remedio a esta situación. Muy probablemente no todos los funcionarios serán como el impresentable con el que he tenido la mala suerte de toparme.
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Gracias por su comentario
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