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paula echeverría, co-autor del documental "to shoot an elephant", periodista y activista del movimiento de solidaridad internacional - Sábado, 16 de Enero de 2010 - Actualizado a las 09:28h.
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Mohammad Rujailah (izda) y Alberto Arce. (Foto: d.n.)
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pamplona. "Una masacre, un horror, una frustración". Así define Alberto Arce (Gijón, 1976) lo ocurrido en la Franja de Gaza durante la llamada Operación Plomo Fundido. Unas vivencias que le han hecho volverse "el ser más cínico", al ver que las imágenes que grabó no han impedido que el horror se repita.
¿Cómo se decide uno a grabar imágenes de una tragedia que está viviendo al mismo tiempo?
Yo había ido a grabar un documental sobre el bloqueo, y empezó la guerra. Se vino todo encima. Fueron los bombardeos de Gaza los que escribieron el guión, no yo.
Fue de los pocos extranjeros que se quedó en el lugar de la masacre.
Sí, estábamos siete extranjeros en la Franja de Gaza y decidimos quedarnos. No había ningún periodista acreditado oficialmente desde dos meses antes de los ataques, excepto el corresponsal egipcio de Al Jazeera. No había nadie porque Israel había ido retirando las autorizaciones durante meses a los periodistas, y los que nos quedamos fue porque desobedecimos la prohibición.
Se quedaron y en todo momento al lado de la población civil, tal y como muestra el documental.
Sí, To shoot an elephant es periodismo empotrado. Sólo que en vez de empotrarnos con el ejército, que es el actor con el que van la mayoría de los periodistas, nosotros preferimos empotrarnos con las ambulancias, con los médicos y enfermeros de la Media Luna Roja. Nuestra intención es decir que ya basta de teóricas objetividades, que en el caso de Gaza el único trabajo desde mi punto de vista honesto y decente que se puede hacer, es el que se hace desde el lado de las víctimas civiles. Es una cuestión muy clara de tomar partido por ellos. No pretendemos informar, sino denunciar, juzgar lo que vemos, las Convenciones de Ginebra. Yo describo este documental como un manual de violación de las Convenciones de Ginebra. Un manual sobre cómo bombardear un hospital, cómo bombardear ambulancias, cómo usar armas químicas contra la población civil...
¿Cómo vivieron aquellos días?
El bombardeo venía desde el aire, era de artillería pesada, no era un combate en el que te podías quedar en un lado. Te bombardeaban con bombas de una tonelada y no había distinción entre extranjeros y locales. Estamos vivos de milagro. Todo el mundo me pregunta si tuve miedo. Y yo siempre contesto: el mismo que un millón y medio de personas que estaban a mi alrededor. Éramos uno más.
¿Cómo se queda uno después de vivir algo así, de denunciarlo y ver que a pesar de ello el mundo no cambia?
Frustrado. Uno se convierte en el ser más cínico. Si grabo cómo bombardean con fósforo blanco la sede de la ONU, y a los meses el Estado español vota en contra de que Naciones Unidas investigue el bombardeo con fósforo blanco, mi trabajo no sirve para nada. Me juego la vida por que mis imágenes sirvan para algo, y no sirven para nada. Se convierten en una experiencia personal, y esto para mí no es una experiencia personal.
Pero el documental está teniendo una gran repercusión, está movilizando a gente, que se interesa y se preocupa. Al menos sirve para que otros muchos tomen partido...
Sí, ahora me doy cuenta. Que haya casi 300 proyecciones del documental simultáneamente en todo el mundo, y que eso se haya logrado mediante una labor autogestionada, es un puñetazo en la cara a la estructura de distribución convencional del cine que existe en este país. Lo que muestra el documental es una masacre, un horror, una frustración, una mierda. Pero está teniendo repercusión. ¿Que el documental no tiene estreno comercial en España? No lo tiene, pero deja claro que los medios de comunicación van por un lado y la gente por otro, y al menos eso significa que no estoy loco, que el trabajo interesa y que en un cajón no se va a quedar.
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