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por f.l. chivite - Miércoles, 13 de Enero de 2010 - Actualizado a las 07:23h
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eS una de las cosas que se aprenden con la edad. Que la muerte está ahí. Y que está durante todo el tiempo. En fin, hoy ha sido uno de esos días fatales. Uno de esos malditos días en los que todo falla, incluso uno mismo. La caldera se ha estropeado. Siempre he sospechado que las calderas tienen intencionalidad. Y que saben elegir el momento oportuno. Pero bueno, no ha sido sólo eso. El cristal de la mampara de la ducha se ha hecho añicos, aunque por fortuna los daños personales han sido mínimos. Luego he intentado instalar el DVD y he debido de hacer algo muy malo porque se ha ido al diablo. Un día para olvidar. Cuando me iba a la cama se ha fundido la luz de la escalera. Y ahora, antes de acostarme, me entero de que Rohmer ha muerto. Ya saben, Eric Rohmer, el cineasta francés. Tenía 89 años. Yo admiraba su obra. Me gustaba la manera sencilla y profunda con que se acercaba a los seres humanos. La sutileza y la verosimilitud de los cuentos que filmaba. Pero bueno, eso debe de ser vivir, después de todo: ir viendo cómo mueren tus maestros. Y aceptar que los que aún siguen vivos están todos ya muy viejos. Porque, y esto no deja de ser curioso, es realmente difícil admirar de verdad a gente más joven que tú. No digo que sea imposible, ojo, pero hay que esforzarse. La admiración más fuerte se dirige por lo general a los que han pasado por delante de nosotros y tiene lugar, sobre todo, durante la juventud. Rohmer no era un autor mayoritario pero tenía, y seguro que sigue teniendo, una tropa de incondicionales. Aunque su ética y su estética son ya de otra época. Quizá sea ésa, en el fondo, una de las razones por las que uno se aparta de la primera línea: que a partir de cierta edad entendemos mejor lo que desaparece que lo que se avecina. De modo que no sería tanto una cuestión de miedo al porvenir como de sentir arrumbada la estética y el modo de actuar que admirábamos. Sin duda, hay también un orgullo por la clase de autores que uno ha escogido y preferido. Y por lo que ha sido capaz de percibir, comprender y admirar. Rohmer era de ésos: de los que uno admira medio en secreto y se enorgullece de ello. Así que ésta va por él.
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