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Tribuna Abierta

El pecado de ser diferente

Abogado laboralista, por daniel colio salas - Martes, 29 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 08:15h

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EXISTE una costumbre en la Iglesia católica, apostólica y romana de identificar el tamaño de los crucifijos que cuelgan del pecho con la importancia de quienes lo portan. De esta manera, la dimensión de este signo aumenta conforme ascendemos en el sistema piramidal de la institución, lo cual a veces nos permite distinguir a los obispos, arzobispos, cardenales y, por supuesto, al papado. Así, el creyente consolidará un cuerpo de creencias, valores y prácticas -lo que se conoce modernamente como Doctrina Social de la Iglesia- que regula la esfera del pensamiento y condiciona la acción de quienes profesan la fe católica. Todo en función de la dimensión del símbolo. De la misma manera, cuanto más grande es la edificación religiosa, mayor valor moral tiene, y por esta razón la basílica de San Pedro del Vaticano es el más importante edificio religioso del catolicismo.

La doctrina de la Iglesia en temas como el aborto, la utilización de los métodos anticonceptivos, el divorcio, la sexualidad, la homosexualidad lesbianismo, la píldora del día después, etcétera, genera en quienes sienten el cristianismo como una referencia en su vida, diferentes opiniones. Para unos, la necesidad de acogerse a este conjunto de preceptos como una forma de entender la sexualidad ligada a la procreación y, por lo tanto, como un medio en la consecución de un fin. Para otros, en cambio, la sexualidad no tiene un fin único ya que forma parte del ser y estar, manifestándose de diferentes maneras. La sexualidad puede ser procreación y germen de vida cuando es el fin buscado, y cuando deja de tener ese fin adquiere otros sentidos. El único límite es el respeto a la voluntad libre de las personas.

El reciente obispo electo de San Sebastián, José Ignacio Munilla Aguirre, decía que el cambio en la consideración de la homosexualidad, de trastorno psicopatológico a mera condición sexual alternativa, se ha debido más a las presiones de los influyentes lobbys gays que a nuevas evidencias científicas. Señalaba que fue en 1980 cuando estos grupos consiguieron una de sus mayores victorias al lograr que la Asociación americana de psiquiatría retirara la homosexualidad del manual de trastornos comportamentales (Diagnostic and Statistical Manual). Concluía que no se trató de una decisión tomada por motivos científicos; y prueba de ello es que en la tercera edición del citado manual se ha llegado al absurdo consenso de afirmar que la homosexualidad es un desorden sólo cuando no es querida por el sujeto.

Para otros cristianos como Josep Cornellá i Canals, pediatra y psiquiatra, es del todo erróneo basarse en la Biblia para condenar la homosexualidad. Si bien esta confusión puede ser causada por el texto del Génesis (capítulo 19) sobre Sodoma y Gomorra. ¿Qué se condena en este capítulo? Según la exégesis actual, se condena la falta de hospitalidad hacia unos extranjeros. Por tanto, lo importante no es el acto sexual per se, sino la terrible violación de la ley de la hospitalidad (afirma Kosnik). El castigo contra Sodoma no está vinculado a la práctica sexual, sino más bien contra lo que de inhospitalario hubo en la acción, fuera ésa cual fuese (G. Ruiz). Hay que tener en cuenta que existía un empeño en la función reproductiva del pueblo de Israel, ya que estaba mermado por guerras y epidemias. Igualmente, cuando San Pablo condena la homosexualidad lo hace desde la visión de los estoicos. Efectivamente, Pablo transcribe una lista o catálogo de pecados que los estoicos habían hecho correr en abundancia en aquel tiempo y que asimilaron los cristianos. En sus escritos abogaban por la indiferencia ante toda fuente de placer, comprendido evidentemente el placer sexual, y recomendaban la renuncia a cualquier emoción excesiva.

Así, la dimensión de este signo aumenta conforme ascendemos en el sistema piramidal de la institución

La persecución de la homosexualidad por la Iglesia católica fue constante a lo largo de la Edad Media

Hoy en día, cuando la jerarquía de la Iglesia católica aborda la homosexualidad, no habla nunca de homosexuales, sino de personas con una tendencia homosexual. Para ellos no existe el homosexual, como si se tratara de una condición constitutiva de la especie humana. La homosexualidad se coloca al mismo nivel de otras tendencias morales desordenadas, como el deseo de posesión, el ansia de dominio; o quizás también al mismo nivel que otras muchas compulsiones y adiciones neuróticas.

En junio de 1994 la comisión permanente de la Conferencia Episcopal Española se manifestó contra una resolución del Parlamento Europeo sobre la igualdad de derechos de los homosexuales y lesbianas a través de una nota, Matrimonio, familia y uniones homosexuales, en la que se señala que "la inclinación homosexual, aunque no sea en sí misma pecaminosa, debe ser considerada como objetivamente desordenada, ya que es una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral", y que "no se puede legitimar el desorden moral", indicando que la tolerancia "no podrá extenderse a los comportamientos que atentan contra los derechos fundamentales de las personas", entre los que cuentan "los derechos de las familias y del matrimonio como institución".

La persecución de la homosexualidad por la Iglesia católica fue constante a lo largo de la Edad Media, si bien la sodomía era una acusación útil que a veces se unía, y no siempre se distinguía de la de herejía. Pero no sólo la Iglesia perseguía a los homosexuales. Así, durante la época nazi, se consideró a la homosexualidad una inferioridad y un defecto genético, por lo que se aplicó un artículo de una ley del código penal alemán de 1871. Se trataba del párrafo 175 que decía: "Un acto sexual antinatural cometido entre personas de sexo masculino o de humanos con animales es punible con prisión. También se puede disponer la pérdida de sus derechos civiles".

Por justicia, las cosas poco a poco van cambiando, y hoy en día los matrimonios entre homosexuales o entre lesbianas están equiparados en los Países Bajos (2001), en Bélgica (2002), en España (2005), en Canadá (2005), en Sudáfrica (2006), en Noruega (2008), en Suecia (2009), y en México existe, también desde 2006, la llamada Ley de Sociedad de Convivencia. En otros estados el asunto está en debate, y según un estudio de opinión europeo, más de la mitad de los ciudadanos de Suecia, Dinamarca, Luxemburgo, Andorra, Alemania y la República Checa están a favor de su regularización en sus estados, y los defensores de esta reforma representan más del 45% en Austria, Francia, Reino Unido y Finlandia.

Hace poco, en una emisora de radio escuché esta anécdota. Un obispo español a quien un grupo de sacerdotes le cuestionaron su valor moral, les contestó que estaba "ungido por Dios y hablaba por él", y por lo tanto sus palabras tenían tal valor moral que no podían ser ni discutidas ni cuestionadas. Esta creencia, que tan arraigada puede estar en la jerarquía eclesial, no obedece más que al miedo que en todas las instituciones y organizaciones ha existido y existe al debate y a la pluralidad. Se ha entendido que esto debilitaba los fundamentos de la religión, cuando precisamente el encuentro, la diversidad de opiniones y el diálogo son las únicas bases sobre las cuales se puede basar una religión que quiera estar realmente incardinada en la condición humana.

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