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CATEGORÍA infantil

Las Luces de mi Árbol

por María Pabolaza Lacambra - Martes, 29 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 08:17h

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Era por estas fechas cuando los árboles de la ciudad llevaban cables por vestidos y luces por sombreros. Era por estas fechas cuando esas luces se reflejaban en los cristales de los coches y te sorprendías a ti misma observándolas maravillada. Era por estas fechas cuando al caminar, el aroma de las castañas engañaba tus sentidos y acababas, sin saber cómo ni por qué, comprando una humeante decena de ellas. Era por estas fechas cuando la publicidad televisiva era invadida por cortísimos anuncios donde muñecas adorables reían y lloraban, y coches por control remoto alcanzaban velocidades insospechadas. Era por estas fechas cuando volvías a sentirte una niña por muchas responsabilidades que llevases en la espalda y muchas preocupaciones que empañasen tu sonrisa. Era por estas fechas cuando sacabas el viejo árbol de plástico del trastero y colgabas craqueladas bolas de sus temblorosas ramas artificiales.

Aquel año nevó más que ningún otro. El pavimento de las aceras había quedado sepultado bajo una masa que durante la madrugada fue blanca pero que ahora ofrecía un curioso color grisáceo. Los cristales de los autobuses estaban empañados y los niños se habían divertidos escribiendo mensajes sobre ellos. Por eso, cientos de felices navidades me acompañaron, prácticamente, hasta la puerta de mi casa.

Aquel día era mediados de diciembre y aún no había empezado a colocar los adornos navideños. Sentía que esta costumbre era más un hábito para realizar en familia. Un momento especial donde tus padres, por muy mayor que fueses, bajaban contigo hasta el trastero empuñando un manojo de llaves. Abrían la puerta del cuartillo y allí, unas determinadas cajas de cartón marrones, ejercían una atracción especial sobre ti. En ese momento, aunque te hubiesen vendado los ojos y dado vueltas hasta llevarte a rozar el mareo, hubieras sido capaz de señalar las cajas donde se escondían mil y una anécdotas navideñas enterradas al final de cada invierno en aquella habitación de iluminación tenue. Las cajas eran subidas con sumo cuidado, poniendo especial atención en no dañarlas. Una vez en casa, el árbol artificial volvía a separar sus ramas de plástico y color verde oscuro. Las bolas, de colores variados y superficie dañada, rodaban por el suelo repiqueteando contra el parqué hasta que alguien las colgaba del árbol. Al final, la parte delantera de él quedaba exuberantemente adornada con decenas de adornos multicolores y la parte trasera exhibía un simple y sintético color verde. La cúspide del árbol siempre había sido un lugar digno de un adorno especialmente bonito y era imposible intentar colocar una bola ahí, por eso, cada año, el adorno que coronaba el árbol era diferente. Un año fue una tarjeta de felicitación; otro, las cartas del Olentzero acapararon el puesto; y el último, un angelote que carecía de ojo derecho. Por eso, aún me río al recordar el gracioso guiño que parecía estar regalándonos continuamente, como si supiera lo que contenían los regalos que descansaban bajo el amparo de aquellas ramas artificiales.

Era por estas fechas cuando sacabas el viejo árbol de plástico del trastero y colgabas craqueladas bolas

En un arrebato de orgullo e ira, decidí que esas luces iluminarían mi árbol costase lo que costase

Fue el recuerdo de esta mueca llena de humor lo que empujó a bajar yo misma, sola y sin emoción apenas, al trastero de mi propia casa. Mientras entraba y cargaba en mis cansados brazos las cajas llenas de adornos prácticamente nuevos, no podía evitar pensar en la cantidad de sensaciones que había esperado experimentar en ese momento y de las cuales, ninguna agitó a mi corazón. Sin cuidado, solté las cajas sobre el sofá de mi salón y extraje un pequeño árbol que había comprado en la liquidación de una tienda en la Navidad pasada. Me llevó más de dos horas descubrir como mantener el árbol en pie y mi escasa paciencia empezó a agotarse antes de lo previsto. El colocar las bolas pudo bien ser considerado una odisea. Cada vez que conseguía colocar una en el intrincado árbol, me daba la impresión de que otra más aparecía en el montón que aguardaba en la caja de cartón. Para colmo, no había ningún angelote entrañable con el que coronar mi trabajo. Casi me pareció que mis orejas echaban humo y que mi cabeza iba a explotar de rabia cuando coloqué una cadena de alegres luces de colores y al conectarla a la corriente eléctrica, los puntos multicolores parpadearon dos veces para apagarse indefinidamente, burlándose de mi esfuerzo. Entonces, en un arrebato de orgullo e ira entremezclados con algún que otro frustrado grito histérico, decidí que esas luces iluminarían mi árbol costase lo que costase.

Mi navideño propósito se vio olvidado en el transcurso de las siguientes semanas porque, para alguien como yo, el trabajo no disminuye en ninguna época del año. Mi oficina era un mundo paralelo a la realidad donde el espíritu de la Navidad no tenía ninguna influencia. Parecía que esa alegría inexplicable y los buenos deseos se detenían ante la puerta del edificio, como quien tiene denegada la entrada al lugar. Quizás era así.

Sin embargo, mi memoria rescató este objetivo pendiente de entre las brumas de mi olvido y lo convirtió en mi ambición más inmediata. No recuerdo a cuantos vecinos molesté y ni a cuantos dependientes estresados aburrí para buscar una solución. No sé cuantas vueltas di alrededor de la helada Pamplona rezando bajo mi bufanda de lana para que un milagro sucediese. Sólo sé que el día de Nochebuena, cuando desistí de mi propósito y colgué las estropeadas luces en mi árbol, tuve la inútil idea de conectarlas de nuevo a la corriente eléctrica. Nada sucedió. Me di por vencida y con un suspiro, me dispuse a salir de la habitación. Entonces y sólo entonces, por alguna extraña razón que mi sentido común aún no ha encontrado, las luces parpadearon tímidamente para llamar mi atención y finalmente, iluminar la estancia entera con una acogedora luz multicolor.

En ese momento, no recuerdo qué emociones albergué; sólo sé que, en algún rincón de mí, ese yo infantil que tanto disfrutaba con la Navidad, saltó de alegría. Como cada año de mi infancia al colocar el árbol.

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