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Los primeros lunes de mes son para no callarse, para denunciar que en lo que va de año han muerto demasiadas mujeres como para no salir a la calle. Diferentes generaciones, profesiones, motivaciones y géneros reivindican cambios sociales y leyes justas.
Ana Ibarra
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LA pasividad nos hace cómplices. Los Lunes Lilas nacieron precisamente para revelarse contra el silencio. Lunes 14 de diciembre. Son las 19.53 horas y el mercurio marca 2 grados. La calle está desierta. Comienzan a congregarse los primeros rostros ateridos por el frío junto al kiosco de la plaza del Castillo. Llegan los padres de Nagore Lafagge volteando sus caras a cualquier inclemencia... "Somos menos que otras ocasiones pero hay que estar, no podemos fallar...", admite el primer grupo. Pronto va apareciendo el resto, hasta completar una treintena. Se coloca la pancarta (Frente a la violencia contra las mujeres) y el grupo empieza a dar vueltas al kiosco mientras suena un instrumento de percusión de madera. Gira la manifestación como una rueda que no acaba, como la lacra que denuncian y que no cesa...
La mayor resistencia es social: tolerar que la violencia es una forma de ejercicio de poder y que todavía existe la consigna de "aguantar". Algunas de las presentes despertaron la conciencia en sus propios vidas y quieren despertársela a los demás. Porque la violencia doméstica que se hace visible en su fase más dramática, la muerte, tiene sus estadios intermedios, los malos tratos, casi siempre inadvertidos. Desde el silbido en la calle, el acoso en el trabajo, la agresión doméstica, la violación, prostitución o la invasión constante de imágenes denigrantes y violentas hacia y sobre las mujeres, reconocen.
Verónica, de 30 años y maestra de profesión, comparte la idea de que los jóvenes "son muy parados". "No nos movilizamos. Mi aita dice que lo que ellos consiguieron en su generación, nos los van a quitar a este paso. Si no somos capaces de rechazar la violencia de género después de tantos años de sometimiento y con tantas muertes al año, ¿qué podemos esperar?". Lo que más le impacta a Victoria de esta lacra es el "infierno" en el que son capaces de vivir estas mujeres durante muchos, demasiados años.
Patxi Goñi es concejal de NaBai del Ayuntamiento de Ansoáin y sale a la calle desde que se puso en marcha esta iniciativa. "La ley no es suficiente, se endurecen muchas medidas pero luego tienes sentencias como la de Diego Ylanes que demuestran que resulta muy barato matar a una mujer y se rebajan las penas cuando se consigna dinero", relata.
trasfondo cultural
Un avance generacional
Carlos es trabajador social y se enteró de las convocatorias de los Lunes lilas a raíz del caso Nagore. "A mí y a mi pareja nos pareció una fórmula original. No cuesta tanto hacerte ver porque el nivel de participación es escaso y debemos revisar nuestras conductas. No protestamos por nada cuando este problema afecta a gente muy cercana, cuando ocurre en Pamplona...", asegura. Existe un trasfondo "cultural" que explica la falta de "sensibilización". "Deberán pasar todavía varias generaciones y es muy importante el papel de las familias como observadora de las dificultades y experiencias que atraviesan los hijos.... Yo trabajo con mujeres y no llego a entender el nivel de comprensión que desarrollan con el tema de los malos tratos, yo creo que el miedo les paraliza", señala.
La nueva ley contra la violencia de género no ha contribuido lo suficiente a atajar el problema. "Vivimos en una sociedad muy violenta, lo resolvemos todo con gritos, amenazas, y gente muy preparada intelectualmente....", agrega.
pasividad social
El desinterés de lo "íntimo"
Mª Ángeles Angulo, coordinadora de centros del colectivo Alaiz, se adhirió desde el principio a la propuesta de "visibilizar" la repulsa contra la violencia de género. "Nos gustaría que hubiera más gente pero es un avance social muy lento", admite. Un desinterés social "verdaderamente preocupante". "En la última encuesta de medios presentada hace dos meses la violencia de género se situaba en el puesto número doce", asegura. "Nos desentendemos. Con las víctimas de ETA salía todo el mundo a la calle y ahora tenemos una mujer muerta cada semana y a nadie le preocupa, se ve como algo lejano", observa. ¿Por qué? Los años de tortura que vive una mujer siguen perteneciendo al espacio "íntimo" de la pareja. "Hasta que no se produce una muerte, no molesta. Si es una violencia soterrada, psíquica o de menor intensidad, no se da importancia", recalca.
una mujer maltratada
La importancia de "salir a la calle y dar la cara"
Julia fue una de las "iniciadoras" de los Lunes Lilas un domingo en el que tan sólo salieron a la calle cuatro personas: tres del colectivo Aprodem al que pertenece, y una mujer maltratada. "Al principio recuerdo que las mujeres preferían que no les reconocieran, se habló de salir tapadas, pero luego nos dimos cuenta de que no hacemos nada malo, que es bueno para todos, para las que hemos salido de esta situación y para las que saldrán; que demos la cara", comenta. Sin ir más lejos ella ha vivido una historia de maltrato. No cree que exista igualdad en nuestra sociedad, ni en el ámbito laboral, ni en la "percepción colectiva que existe en la comunidad, la mujer joven tiene riesgo de quedarse embarazada, la mayor se considera que ya está changada..." La misma lógica con la que la gente es incapaz de entender que "hay parejas que parecen ejemplares, que él no es encantador, porque los problemas se tapan ante los demás". El mayor problema de la mujer maltratada es su silencio y el aislamiento al que "él la somete", además del maltrato económico, y sobre todo, sobre todo, el psíquico. "Que te menosprecie, que te machaque con el: tú sin mí, no eres nada; que te haga sentir culpable...". Julia hoy tiene 43 años, hace cuatro que denunció su caso ante la Policía foral y decidió separarse después de 17 años de convivencia y dos hijos de por medio. Desde que asumió aquella decisión la escalada de violencia fue creciendo por parte de su agresor, por cierto con un estatus sociocultural medio-alto. "El desprecio era continuo; sin mí te vas a morir de hambre, eres una mierda, me decía... Me esperaba a la salida del garaje, me vigilaba continuamente". Aquello terminó en un tratamiento psicológico, medicación... La asociación fue un apoyo importante para salir adelante al igual que el trabajo de la psicóloga Rosa Páez, recuerda.
viudas
La mujer, enemiga de la mujer
María Luisa García es otra de las incondicionales de la plataforma desde su génesis. "Las mujeres siempre han callado. Nunca nos han dado nada, y lo poco que hemos obtenido, ha sido a base de salir a la calle. Hace falta que maten a una mujer para que a la gente se le vea". María Luisa se ha bregado en otras batallas como la lucha de las viudas por una pensión digna aquí en Navarra. "Siempre creemos que no nos va a tocar pero no es así y, además, debemos ser las propias mujeres las que nos movilicemos, las que reivindiquemos que salgan las fotos de los maltratadores cada vez que haya una denuncia para que la gente sepa que hay un maltratador viviendo en su comunidad". Otro axioma: la peor enemiga de una mujer es la misma mujer. "Se oye esa coletilla de que esa mujer se lo habrá buscado y éso es muy duro", admite. El caso Nagore expone esa "impunidad" que existe entorno a la violencia de género. Se muestra convencida de que el agresor no va a cumplir ni cinco años de cárcel porque el "dinero y el poder lo consiguen todo, y además quedan como santos: es repugnante", denuncia.
el juicio social
La lejanía, hasta que te toca
Raquel Casasola es tía de Nagore Laffage, y la entereza de sus palabras resulta tan sorprendente como la firmeza de los padres de la víctima en su denuncia social... "No crees que te vaya a suceder algo tan cercano, es un tema que lo relacionas con un entorno más marginal, minoritario... que no le pasa a gente normal y trabajadora". El juicio social es el primero de todos y el que más duelo. "La primera culpable es la mujer, por insumisa, por rebelde. Al dulce ángel del hogar, a la mujer recatada y sumisa no le puede pasar... De hecho los jueces hablan de provocación ante agresiones a jóvenes por ir con una minifalda". Raquel también se muestra crítica con las diferencias de condena entre las causas que se llevan por la vía de los juzgados de violencia de género y el resto de casos de violencia contras las mujeres. "La víctima es la misma. Pero si agredo a alguien que no es de mi entorno familiar o convivencial la pena va a ser más leve, y es la lectura que hacen los hombres cuando en realidad la agresión es la misma", reflexiona.
Tere Sáez, del colectivo Andrea, recuerda que los Lunes Lilas surgen en mayo del 2008 por iniciativa de mujeres víctimas de violencia sexista, familiares y asociaciones que trabajan directamente contra la violencia de género para manifestar su "repulsa a los asesinatos, contra la violencia sexista en todas sus manifestaciones y por el desarrollo de leyes y de recursos suficientes y eficaces para la protección de las víctimas, así como la prevención desde la resolución de conflictos y la igualdad de trato entre las personas". "Hemos conseguido unir a personas de diferentes colectivos, sensibilidades, edades, a políticos, profesionales... ser un referente permanente en Navarra; damos dignidad a las víctimas", y crear "conciencia" en temas como el de Mª Puy Pérez o Nagore ("el no es no"), y "apoyar en los juicios".
Concluye el acto. Tere Sáez reclama dignidad y leyes justas: "Los Lunes Lilas no han aceptado la sentencia de Nagore. Reclamamos que es un caso de asesinato y queremos una justicia reparadora para todas las mujeres. 67 mujeres han sido asesinadas en lo que va de año. Hoy pedimos justicia, mañana medidas de seguridad para una mujer, y aquí seguiremos. El año que viene con más fuerza...".
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