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Pese a la derrota, los seguidores de Irujo fueron los más ruidosos en el Atano III, frente a la sobriedad característica de la aficionados de Iparralde
igor g. vico - Miércoles, 9 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 07:37h
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(NG)
Vista:
Se entremezclaba la bruma del puro y su característico olor a tabaco con la voz en grito de los aficionados a Juan Martínez de Irujo. Los vestigios de victorias anteriores aún latían en el pecho de los seguidores del navarro. Estos se forjaban entre miradas ciegas de derrota y sueños de victoria. Todavía no habían entrado en la cancha cuando su sonido ya abarrotaba los aledaños. "Irujo, Irujo". La sentencia era firme ante la posibilidad de fallo. "Se lleva la txapela fijo", acometía la Peña Martínez de Irujo de Leioa. Se acodaban en la barra del bar del Atano III ante la esperanza de que el de Ibero descubriera el tarro de las esencias en su envite ante Gonzalez. "Auguramos un 22-10", se aventuraban a recitar. Mientras, Titín III-Ruiz y Berasaluze VIII-Beloki animaban el cotarro con su juego previo al duelo.
Cuando la vista alcanzaba al blanco puro, pulcro y límpido, se escuchaban tímidas palabras en francés. El siseo del idioma no alcanzaba el nivel vocal de los irujistas. La voz baja se intuía en una calma chicha. Nervios puros en Iparralde. "LGV ez Attato txapeldun bai", rezaban banderas del lado azul. La fiesta estaba comenzando y el grito colorado ahogaba a los invitados azkaindarras. "Son como de otro mundo", comentaban unos jóvenes de Altsasu claramente volcados con el pelotari de Azkaine. Se referían a las diferencias a la gente de Iparralde y Hegoalde. Dos maneras muy diferentes de ver la vida y afrontar situaciones. Además, la huella dejada por el delantero de Ibero es difícil de eliminar entre la cantidad de gente que persigue su garra por los frontones. Los incondicionales. El pueblo es de Irujo. Los puristas se rinden ante otros tipos de juego.
Con el comienzo del choque la grada se vino abajo. El blanco no se acercaba ni lo más mínimo en vistosidad a los hinchas del navarro. La algazara que reinaba en el Atano era brutal.
La gente que vestía los colores del de Ibero se levantaban de sus asientos hasta más allá de donde sus piernas podían dar. Los corazones se salían del pecho en gritos aislados y cánticos corales. Los contrarios con un ánimo contenido no daban crédito a lo que allí corría. Dada la naturaleza paciente de los de Iparralde, el silencio se manifestaba en ellos con destreza. Tenían el aplauso como arma. Cuando el choque comenzó a calentarse, en el 17-17 los que al principio parecían más calmados se levantaron con un grito enfervorizado a favor de Gonzalez.
Los siguientes tantos colaboraron en ahogar las voces de los seguidores del delantero de Ibero. Al final, con el azkaindarra coronado y la txapela en Iparralde, el silencio se tornó grito.
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