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'Alakrana', un drama hispano

Jaime Aznar Auzmendi - Lunes, 23 de Noviembre de 2009 - Actualizado a las 07:27h

Cuando aún no ha transcurrido tiempo suficiente para disfrutar de un buen abrazo o siquiera de una merecida sonrisa, cierta sombra de bochorno ha comenzado a enturbiar un acontecimiento que debiera estar zanjado, sobre todo por el hecho de que ningún marinero vaya a ser recibido en un ataúd metálico a las cuatro de la mañana hora peninsular. Puede que no haya habido tiempo ni ocasión para el lucimiento personal, pero buscarlo en estos momentos no supone ni un alivio ni una compensación sensata para nadie.

Ahora son los políticos quienes van a limar en el Parlamento los detalles que puedan suponer el ser o no ser en las próximas encuestas, algunos incluso recurran al drama, aunque si alguien piensa que algo se ha hecho mal, está en su perfecto derecho de decirlo. No es la primera vez que los hombres y mujeres del mar se ven inmersos en esta clase de batallas. Durante la primera legislatura del Partido Popular hubo un buque que fue apresado en las costas de Gambia por un teórico conflicto legal valorado, cómo no, en 38 millones de pesetas, su nombre era Briz III y la empresa propietaria, tras varios meses de completa inactividad gubernamental, comenzó una azarosa campaña de recaudación de fondos para su liberación; un auténtico acto de piratería de estado del que ya nadie se acuerda. Algo más atrás en el tiempo, nuestros pescadores se encontraban con el acoso continuo de las patrulleras marroquíes, además de algún que otro vecino comunitario difícil de apaciguar. Tiroteos, abordajes y capturas requirieron de mucha diplomacia fuera y dentro de nuestro continente para poner fin a un clima de trabajo realmente insostenible. La única acción verdaderamente resolutiva llevada a cabo bajo bandera española en alta mar se desarrolló precisamente en el Índico, cuando nuestros infantes de marina abordaron el carguero norcoreano So-San, bajo los principios de aquella libertad duradera inspirada por los mandatarios de Estados Unidos y Gran Bretaña. Desgraciadamente, los misiles que transportaba aquel barco le fueron entregados a su legítimo dueño, Yemen, por expreso deseo de la Administración norteamericana; todo un fiasco. Ni somos el glorioso imperio de su graciosa majestad, ni la sexta flota en el Mediterráneo hace sus repostajes en Lugo. Sólo por eso esperemos que los debates de este desagradable suceso no se extiendan más allá de una semana, sobre todo porque sería del género estúpido arruinar una de las pocas historias que en estos tiempos difíciles tienen un final feliz.

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